La historia de la literatura en Cuba comienza con la llegada de los primeros europeos. Junto con sus naves y sus espadas, los conquistadores trajeron también su cultura y su religión. Estos dos últimos elementos, acabarían convirtiéndose en dos de las principales bases de la tradición escrita en la Mayor de las Antillas.
Al inicio, el contenido de las obras escritas se enmarcó en la descripción y el relato de los acontecimientos más relevantes que iban sucediendo. Al ser escritas por y para españoles, estas obras, aunque redactadas en territorio nacional, no constituyen literatura auténticamente cubana.
Durante la colonia, el período que va desde 1510 hasta 1790 se considera el de los albores de la literatura nacional. Durante estos tres siglos, se dará forma y contenido a una de las tradiciones literarias más prolíficas y reconocidas del continente.
Hacia principios del siglo XVII aparece la primera obra escrita en Cuba. Curioso es de destacar el hecho que al igual que en España con el Cantar de mio Cid, en Alemania con el Cantar de los nibelungos, o en Francia con el Cantar de Roldán, las letras cubanas comienzan con un poema épico.
Al repasar el contenido argumental de la que se considera como primer monumento literario en la Isla: Espejo de Paciencia, de Silvestre de Balboa Troya y Quesada (¿Gran Canaria, 1563-Cuba 1649?), se percata el lector de la presencia en sus páginas de rasgos de la cotidianidad insular del siglo XVII.
En los sucesos narrados se hallan componentes primigenios proyectados posteriormente con fuerza en el proceso de formación de la nación cubana. Los elementos de criollismo afloran a través de la naturaleza insular, de la diversidad étnica, y de la rebeldía de los pobladores de la región, todos juntos se fusionan con aspectos de reconocible ascendencia cristiana.
Y es que, el poema, toma como eje temático el rescate del obispo Don Juan de las Cabezas Altamirano por los vecinos de la villa de Bayamo. Estos se reúnen y emprenden una refriega contra sus captores, unos corsarios liderados por el francés Gilberto Girón quien les ha ofendido en su honor al secuestrar al tan querido obispo.
Como colofón, en este poema épico, iniciador de la literatura artística en Cuba, se confirma la veneración a la Virgen María y su importancia para el pueblo en el proceder de uno de sus personajes principales, y esto, cuatro años antes del hallazgo de la imagen de la Caridad en la Bahía de Nipe.
Después del triunfo ante el pirata, se narra cómo Gregorio Ramos entra triunfal a Bayamo:
entró Gregorio Ramos en la villa,
dando al lugar un súbito rebato
de contento, placer y maravilla:
y por ser al Señor en todo grato
fue al templo de la Virgen sin mancilla,
y dio las gracias a la madre e hijo
de la nueva victoria y regocijo.
(…)
(…)
La presencia de María emerge ligada a la historia nacional, aquel vencedor en acción de gracias patentiza como desde su primer texto, la literatura cubana ya es referente del influjo mariano, la defensa del territorio se une a una conciencia de fe que fortaleció la esperanza en el triunfo, esta posición ante la vida se convertiría en herencia perdurable entre los habitantes de la Isla.
Varias razones motivaron esta investigación: el establecimiento de la devoción mariana en la cultura nacional, y la inexistencia de un texto específico que recoja su inserción en la literatura artística cubana. A través de la poesía, la influencia de la Virgen en la espiritualidad del cubano se revela con más fuerza dentro del intimismo personalista del escenario nacional
En el Documento Final que resume el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) celebrado en 1986, se recoge: «La Iglesia en Cuba quiere estar, también hoy, presente y activa en este diálogo entre la fe cristiana y la cultura cubana. Esto lo hace para ser fiel a su misión de iluminar toda la vida de nuestro pueblo desde los mismos albores de la nacionalidad».
La vigencia del mensaje debatido en el ENEC se materializa en el VI Evento Nacional de Historia «Iglesia Católica y Nacionalidad Cubana», pues su finalidad de calar en la historia y confirmar la presencia mariana, en disímiles formas de la cultura nacional, se inserta como un valor ineludible a la hora de evaluar los antecedentes del proceso de formación de la cubanía.
