Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz para el 21 de junio

Queridos hijos e hijas es un gusto poder saludarlos nuevamente a través de las señales de Radio Guamá y Radio Artemisa. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis y pastor de todos.

Hoy Jesús en el Evangelio nos regala dos señales primordiales en el cristianismo: el anuncio desde el testimonio y la confianza en Dios. “No tengan miedo”, es una expresión que repite varias veces en el fragmento que acabamos de escuchar, y que los estudiosos de las Sagradas Escrituras han descubierto que aparece 365 veces en la Biblia; es decir que cada día Dios nos dice: “No tengas miedo”.

Hablemos primero del anuncio. Una vez más somos invitados a proclamar la experiencia de Dios que tenemos. Es preciso salir de nuestra zona de confort, de nuestro egoísmo: “Lo que les digo al oído, grítenlo en las plazas”, “el que me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré delante de mi Padre”.

La vida del cristiano es signo de contradicción con el mundo. Y no es una realidad de esta época, ha sido así desde que el Fundador del cristianismo, hace más de 2000 años habló de poner la otra mejilla, de perdonar 70 veces 7, de amar a los enemigos, etc. La Iglesia, como institución y cada uno de sus miembros, debe revisar constantemente el tipo de anuncio que hace, porque las corrientes del mundo tienden a buscar las comodidades de la vida fácil, de la venganza, del rencor, del prevalecer por encima de los demás; sin embargo, los cristianos estamos llamados a ser fieles a las enseñanzas del Maestro. Por eso es misión de la Iglesia levantar la voz en favor de la vida desde la concepción, luchar porque se respete la familia que se crea en el matrimonio entre un hombre y una mujer, suscitar el respeto a la diversidad de pensamientos, educar en valores que promuevan la dignidad de la persona, acompañar a quien ha caído, estar al lado  de los necesitados y socorrerlos con la misma importancia que le damos a nuestros problemas personales, pues “cada vez que lo hacemos con nuestros hermanos, es al mismo Jesús a quien se lo hacemos.”

Anunciemos el Evangelio esforzándonos por practicar la coherencia entre nuestra vida y la fe que profesamos. Todos nuestros actos deben gritar al mundo que seguimos a Cristo, por eso en una cola, damos testimonio al respetar a los que se encuentran detrás o han marcado desde tempranas horas, y no tratamos de comprar antes junto a algún conocido.

Damos testimonio al ser buenos estudiantes, y no me refiero a la capacidad intelectual que tengamos, sino a la actitud ante el estudio, siendo transparentes en nuestros exámenes, respetuosos con los profesores, solidarios con los compañeros.

Damos testimonio cuando no nos dejamos llevar por la tentación y practicamos la fidelidad en el matrimonio, respetando a la persona a quien un día profesamos amor y pusimos a Dios como testigo de nuestros sentimientos.

Damos testimonio cuando en estos tiempos de emergencia sanitaria cumplimos con las orientaciones recibidas, colaboramos con quienes tienen la responsabilidad de guiar al pueblo en esta experiencia y actuamos con cuidado para protegernos y proteger a quienes nos rodean, valorando la vida por encima de los negocios económicos, solidarizándonos con quienes lo necesitan y no aprovechándonos de la situación para sacar ventajas personales.

Damos testimonio cuando invitamos a Dios a ser parte de nuestras vidas, no sólo en los momentos difíciles, sino haciendo vida la fe. Son dos realidades que siempre deben marchar juntas, de ahí que nuestra espiritualidad se alimenta con la lectura de la Palabra, con la oración diaria, con la vida sacramental, con la experiencia de comunidad cristiana que se reúne para compartir y celebrar. Dios está presente en las buenas y en las malas de nuestra historia personal.

Aquí entramos en la segunda enseñanza de hoy: Somos más valiosos que las aves del campo, quien no cae ninguna a tierra sin que el Padre lo sepa. Somos más queridos, somos los hijos amados y acompañados siempre por Dios. No tengamos miedo.

Jesús nos invita a ser conscientes del lugar que ocupamos en la creación. Por eso es importante que no nos dejemos dominar por el temor a las consecuencias que pueda traer el proclamar nuestra fe, el dar testimonio. Las pistas para saber que actuamos con fidelidad a Jesús y a sus enseñanzas son muchas veces los comentarios negativos, las prohibiciones, las limitaciones o las burlas que recibimos en la sociedad.

Somos testigos de Cristo Resucitado, sabemos que al terminar nuestra vida, cuando estemos frente a frente con Dios, lo más importante de todo lo que hayamos vivido es el amor con que lo hayamos hecho y es lo que tenemos que presentar a la hora del Juicio.

Al contemplar la historia de la Iglesia, descubrimos millones de hombres y mujeres que a través de los siglos y desgraciadamente todavía en nuestros días, en muchísimos lugares del mundo, han entregado su vida por profesar su amor y seguimiento a Jesucristo. Con gran tristeza vemos las noticias y las estadísticas de la cantidad de personas que se han convertido en mártires de la fe, en estos tiempos, como aquellos primeros cristianos que eran llevados al Circo romano para ser echados a las fieras y así entretener a la multitud. Sin embargo, todos ellos han creído en la resurrección, han sido fieles a su opción, y se han entregado a la muerte cantando alabanzas al Rey de Reyes, porque saben que están pagando con su sangre la corona de gloria.

Recemos porque el hombre pueda vivir libremente su fe en Cristo en cualquier lugar del mundo donde se encuentre. Que terminen los genocidios de poblaciones enteras porque unos pocos quieran imponer su criterio sobre otros aparentemente más débiles.

Recemos por cada uno de nosotros, para que podamos poner en práctica las enseñanzas de Jesús y como el apóstol San Pablo, exclamar a voz en grito que “Nada ni nadie podrá apartarnos nunca del amor de Dios, manifestado en su Hijo Jesucristo”.

Que la Virgen de la Caridad, nuestra Madre, nos acompañe siempre y ponga a Jesús en  nuestro corazón para que seamos capaces de amarlo con la misma entrega que Él nos ama a nosotros.

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