Sobre la obra «Encuentro, diálogo y acuerdo», del fallecido Cardenal Jaime Ortega Alamino.

Por P. Orlando Escobar, CM.*
Antes de su muerte en julio de 2019, el Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de La Habana por 35 años, escribió este libro consagrado a resaltar el papel jugado por el Papa Francisco en el diálogo entre Raúl Castro, entonces presidente de Cuba, y Barack Obama, entonces presidente de los Estados Unidos, el cual visitó la Isla en 2016, después de muchas décadas de distanciamiento entre estas dos naciones y de más de medio siglo del vigente bloqueo económico.
En su relato, llevado a cabo con serenidad y pleno conocimiento de las implicaciones de este trascendental encuentro, el Cardenal Ortega no dedica propiamente ningún capítulo de su libro al encuentro en sí mismo porque, como él mismo lo dice, se ocupa de resaltar el papel jugado por el Santo Padre en la preparación de este hecho sin precedentes para la historia de estas dos naciones.
Los detalles de la liberación de prisioneros permitida por el gobierno cubano, su destino de la mayoría a España acompañados por familiares cercanos, acción criticada por algunos; los viajes del Cardenal a Roma y Estados Unidos, su encuentro con ambos presidentes, son contados allí con detalle que ayuda a comprender la filigrana con que se acompañó este proceso, demostrando una vez más la vocación diplomática y pacífica de la Iglesia Católica, a través de sus representantes.
El lector podrá apreciar a través de las 161 páginas de este libro, sin que Ortega Alamino se lo proponga, la capacidad de este hombre de Iglesia para servir de intermediario entre grandes personalidades, los cuales representan por sí mismos desafíos históricos muy complejos, guardando siempre la discreción y prudencia que le permitió hacer también todo lo que estuvo a su alcance en favor de las relaciones entre la Iglesia y el Gobierno cubano, cuyos efectos perduran.
No se pueden olvidar las tres visitas de los tres últimos papas, desde la de San Juan Pablo II (1998), pasando por la de Benedicto XVI (2012) y terminando con la de Francisco en 2015, en las cuales el Arzobispo de La Habana tuvo un papel protagónico. A propósito, es muy interesante apreciar en las líneas de este libro la sincera amistad del Cardenal con el Papa Francisco, incluso antes de su elección para la cátedra de Pedro. Ortega, de hecho, siempre se mostró agradecido por la deferencia del Santo Padre al nombrarlo facilitador de este encuentro entre dos gobernantes de dos naciones tan cercanas geográficamente pero tan distantes política y comercialmente.
El Cardenal no se olvida de mencionar en su libro los nombres concretos de sacerdotes, laicos y obispos que participaron en este proceso. Él mismo se definió como un hombre de diálogo, y quizás una de las últimas misiones en su vida como alto prelado de la Iglesia, estuvo precisamente consagrada a hacer todo lo que estuvo de su parte, siguiendo al pie de la letra las instrucciones del Sumo Pontífice y de su Secretaría de Estado, para lograr acercar dos puntos aparentemente irreconciliables. Y Ortega no oculta la gran satisfacción espiritual, sacerdotal y humana que esta designación le produjo.
Si bien los diálogos entre estas dos naciones se rompieron abruptamente, algún día alguien podría retomar los puntos que se lograron para continuar tejiendo un diálogo que es vital para la paz entre los pueblos, el buen entendimiento y la fraternidad universal. “Dichosos los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9).
* El Autor es actualmente el Asesor de la Red Católica Juvenil y Superior Regional de los Padres Paúles en Cuba.
