Alocución radial de Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de Pinar del Río (05-07-2020)

Queridos hijos e hijas los saludo con alegría, dándole gracias a Dios por podernos encontrar nuevamente. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa.

Jesús hoy nos invita, a través de su Evangelio, a crecer en humildad. Dios se da a conocer a los pequeños y sencillos, a su vez que motiva a los sabios y entendidos a aprender de Él que es manso y humilde.

Para muchos la experiencia vivida tras el paso del nuevo coronavirus ha sido una escuela para crecer en humildad, para sabernos vulnerables y dependientes de los demás; y sobretodo de Dios.

Hoy les quiero compartir algunos fragmentos de la primera Carta Pastoral que les dirijo a todos ustedes. Su título es “A ti te digo, levántate y anda”, y pueden encontrar el texto completo en cada comunidad parroquial y en las redes sociales a través de nuestro sitio web y la página de Facebook. Esta frase Jesús te la dice a ti, y me la dice a mí, siempre, pero sobre todo en este tiempo especial.

“En Cristo todos hemos sido llamados a una vida nueva. Solo en su nombre está la salvación. Ni la pandemia del coronavirus ni ninguna otra tendrán nunca la última palabra: Jesús, sí que la tiene y nos invita a levantarnos, a rehacer nuestra vida, a caminar.

“La vida de Jesús no terminó en un fracaso. La derrota que supuso su muerte se transformó en desbordante victoria cuando, al tercer día, el Padre resucitó a su Hijo, proclamándolo Señor del Cielo y la Tierra.

“Queridos hermanos y hermanas, han pasado dos mil años y nosotros somos ahora los sucesores de aquellos hombres y mujeres que creyeron en el Resucitado y lo siguieron. Hoy en el año 2020, en Pinar del Río, en Cuba, hemos recibido el Espíritu Santo que nos ayuda a descubrir entre nosotros a Jesús Resucitado.

“Jesús quiere hacerse presente en mi vida personal, ¿le abriré la puerta?

“Nuestras vidas, ¿quién lo duda?, necesitan la presencia de Jesús y de su Espíritu. Cada uno de nosotros conoce cómo está por dentro y lo que hay en lo más profundo de su corazón. Junto al gozo y la alegría, muchas veces nos acompaña la tristeza y el desconcierto. A menudo dudamos de nosotros mismos. Nos preguntamos por el sentido de nuestras vidas y por lo que nos está pasando. Junto a momentos de calma hay otros, largos a veces, de desesperanza, de sentir que ya no podemos más. Con frecuencia nos encontramos solos, sin nadie con quien compartir lo que nos está sucediendo. O, con necesidad de perdonar o de ser perdonados. ¿No es esto, justamente, lo que acabamos de vivir en este tiempo de aislamiento? Hemos tenido la oportunidad de encontrar a Dios en la vida, fundamento de la fe. De no haber sido así, hemos corrido el riesgo de sacar a Dios de la historia, y ese tipo de fe nos aliena.

“Nuestras vidas están heridas y necesitan ser sanadas. Quisiéramos que alguien nos diga que cree en nosotros y en lo que estamos haciendo; que se nos dé una nueva oportunidad.

“Jesús nos conoce y sabe lo que precisamos. Por eso, Él mismo se ofrece a visitarnos, a caminar con nosotros y a compartir su vida con la nuestra. Nos dice como al fallecido hijo de la viuda de Nain: ¡Joven, a ti te digo: ¡levántate! (Lc. 7,14) […] Y, una y otra vez, nos repite: ¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo! (Mc. 6,50).

“Jesús quiere hacerse presente en nuestra vida familiar y social: ¿le abriremos la puerta?

“Si volvemos la mirada a la realidad que nos rodea, nos percataríamos muy fácilmente que la vida de todos los días no es fácil. El coronavirus lo ha cambiado todo y ha hecho más difícil todavía lo que ya era bien difícil. Vivimos continuamente muchas situaciones complicadas y sufrimos muchas carencias. […] Conocemos la realidad: no es necesario entrar en detalles. Sabemos las causas de lo que nos sucede. A veces son causas externas que están fuera de nuestro control y que, de un modo muy injusto, provocan gran dolor en nuestro pueblo. Pero junto a ellas, sabemos también que hay causas internas que sí dependen de nuestro modo de organizarnos y de comportarnos y que, igualmente, dificultan la vida.

“Jesús, que quiere nuestro bien y nuestra felicidad, nos invita y nos da su fuerza para que no nos conformemos pasivamente con los obstáculos que dañan nuestra vida.

“Siempre podemos reaccionar de un modo tal que reduzca, al menos en parte, el daño que la población sufre.

“Por ejemplo, empecemos por la familia ¡cuánto bien podemos hacer dentro de ella! Jesús nos invita a vivir en paz, en armonía, en amor mutuo. Nos llama a respetar la institución matrimonial entre un hombre y una mujer, único fundamento sólido para elevar la dignidad de las personas y construir una sociedad sana. Nos llama a que haya más diálogo entre los esposos y con los hijos. A desterrar las infidelidades, la violencia doméstica, las separaciones por múltiples causas, los malos modales y los ejemplos perversos que luego copiarán nuestros hijos. A declarar nuestras familias territorios libres de aborto, eliminando para siempre el horror de esa práctica que, en lugar de abrir la puerta a Jesús abre nuestra casa a la muerte, justamente allí donde solo debería haber vida y esperanza. La familia está llamada a ser la mejor escuela de amor, de solidaridad y de servicio, y a ello nos invita Cristo. Mucha de esta riqueza ha sido puesta de manifiesto y reforzada cuando hemos tenido que estar aislados y sin salir de casa. En la pandemia hemos descubierto nuevas riquezas de las que no éramos conscientes.

“El cuidado responsable de mi familia tiene sus límites: no puedo buscar el bien de los míos a costa de perjudicar a los demás. Si eso hacemos, es el mal quien nos lo inspira, no Jesús.

“Quien escuche la voz de Dios no se aprovechará de las circunstancias para elevar artificialmente los precios de algunos bienes o servicios, buscando un exagerado beneficio a costa de personas necesitadas y, normalmente, de escasos recursos. Que la necesidad que padecemos no nos lleve a perder nuestra dignidad y a olvidarnos que somos hermanos los unos de los otros. Que detrás del Covid-19 no venga otro virus aún peor, el del egoísmo indiferente. Por el contrario, que el empobrecimiento que se anuncia nos encuentre preparados para responder con generosidad y solidaridad.

“Jesús nos llama también a vivir nuestras relaciones sociales y laborales en un clima de responsabilidad y de honestidad. La sociedad la hacemos entre todos y nadie puede desinteresarse del bien común buscando solo el provecho personal. El egoísmo no es un derecho.

“La pandemia del coronavirus ha puesto de manifiesto nuestra fragilidad. Ni nosotros, ni nuestras sociedades somos tan fuertes y poderosos como creíamos. Necesitamos, por ello, reconstruir nuestras vidas y nuestras relaciones sociales sobre Jesús, que es nuestra fuerza, nuestra roca y salvación. Él nos ayudará a sentirnos hermanos, responsables los unos de los otros y, respetando las indicaciones de las autoridades médicas, podremos avanzar en las diversas fases de recuperación.

“[…]Sabemos que estamos sometidos a mucha presión, por lo que es necesario tratar con agradecimiento y respeto a quienes nos prestan un servicio; pero también lo merecen quienes lo reciben, sin hacerles sufrir largas e inútiles esperas que hacen perder el tiempo. Tal vez no podamos cambiar de inmediato las adversidades que nos toca padecer, pero sí que podemos vivirlas de otra manera reduciendo, de ese modo, el mal que nos causan.

“En Cuba las relaciones con nuestros familiares y con nuestros vecinos son muy importantes. ¡No perdamos esa riqueza, pues en familiares y amigos encontramos y podemos ofrecer, apoyo y solidaridad!

“En tiempos de dificultad hay que unir esfuerzos, y crecer en responsabilidad. El trabajo bien hecho y el uso honrado y cuidadoso de los bienes comunes son aspectos muy importantes a la hora de hacer frente a las dificultades. Jesús nos invita a comportarnos así, quiere que vivamos de un modo nuevo. Un ciudadano consciente y responsable colaborará con su trabajo honesto y bien hecho a mejorar la realidad y la calidad de vida de las personas.

“Unidos hay que seguir construyendo Cuba, la casa común y única de todos los cubanos, estén donde estén.

“Cuidemos entre todos la hermosa naturaleza de nuestra patria. Creada por Dios, la hemos recibido de nuestros antepasados y debemos dejarla en buenas condiciones a las próximas generaciones. No derrochemos el agua ni los demás recursos naturales. Controlemos el uso de la electricidad y pongamos cuidado en botar la basura, los papeles y residuos en los lugares preparados para ello.

“¡Bendita Cuba que tiene tantos hijos e hijas que la quieren y la aman! […] ¿no parece urgente buscar mecanismos que sumen todos esos buenos deseos en una esperanzadora sinergia que multiplique las energías de cada uno, integrándolas en procesos que hagan posible la unidad y el aumento de la felicidad de nuestro pueblo? En ese empeño, ya lo hemos dicho, los cubanos cristianos tienen que estar presentes, porque uno de los grandes desafíos que tiene Cuba es volverse a Jesús. Con Él, todo sería diferente.

“¿Qué dice Jesús a la Iglesia?

“Jesús trae también nueva vida para la Iglesia. Quiere transformarla y para ello le infunde su Espíritu que es fraternidad, paz, alegría y misericordia.

“Quiere Jesús que su Iglesia sea una Madre que acoge, abraza, sale a buscar a sus hijos y tiene palabras de amor, de perdón y de paz […]

“Una Iglesia que ayuda a recuperar la dignidad perdida. Una Iglesia educadora, que sabe que tiene un mensaje de vida y de valores que necesita el pueblo cubano y que quiere hacérselo llegar. Una Iglesia que invita a sus hijos e hijas a crecer, a asumir la responsabilidad de sus vidas y la de hacer una patria y un mundo mejor.

“Una Iglesia cercana a los pobres y necesitados en los que descubre, a pesar de las apariencias, la presencia privilegiada del Señor.

“Una Iglesia valiente y decidida en la defensa de la vida y del bien de sus hijos e hijas. Una Iglesia profética, dispuesta siempre a colaborar con todos, desde la verdad y el compromiso por el bien común.

“Como ven, queridos hermanos y hermanas, es mucho lo que Cristo quiere hacer en medio de nosotros. Es mucho lo que su Amor ha preparado para nuestro bien. Nos corresponde, en esta nueva etapa, ahora, abrir la puerta al Señor, recibir esa nueva vida que se nos ofrece y dejarnos transformar por Él.

“Bajo el amparo de nuestra Madre, la Virgen de la Caridad, los cubanos pinareños ponemos nuestras alegrías y nuestras tristezas, nuestros problemas y nuestras esperanzas. Que cuide a Cuba como cuidó con tanto cariño a su Hijo. A su amor confiamos esta Diócesis de Pinar del Río, a sus habitantes, y a todos los cubanos, cercanos o lejanos, nuestros hermanos y hermanas.

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