Alocución radial de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila (05-07-2020)

Es una constante en toda La Biblia: Dios se complace en los pequeños, los débiles, los olvidados, en aquellos que, según nuestros criterios humanos, son quienes menos cuentan, señaladamente cuando el principio de base es la eficacia. Es curioso cómo el Señor escoge para realizar sus planes de salvación a quienes, en apariencia, tienen menos posibilidades de llevarlos adelante, y los ejemplos son significativos: Abraham, ya entrado en años y su esposa Sara, igual y estéril, para ser el padre del futuro pueblo de Israel; Moisés, un fugitivo con dificultades para hablar en público, para afrontar al todopoderoso faraón de Egipto; David, el más pequeño e insignificante de sus hermanos, para que sea constituido como rey de todo Israel; Jeremías, sin grandes dotes de elocuencia, amante de la tranquilidad, para que denuncie sin rodeos el pecado y las injusticias que estaban cometiendo los israelitas y sus autoridades religiosas y civiles… En el Nuevo Testamento bastaría con mencionar, en primer lugar, a María, la joven virgen escogida como madre del Salvador del mundo; luego a los discípulos, en concreto, por ejemplo, Pedro, el principal de ellos, sin olvidar tampoco a Pablo, el perseguidor encarnizado de los cristianos y, más adelante, el gran misionero de la fe que antes perseguía.


Lo más “interesante” de lo anterior es que todos ellos tuvieron éxito en la misión a la cual Dios los llamó, sacaron fuerza de lo débil, se sobrepusieron a sus reales limitaciones (ancianidad, pecado, inexperiencia y demás), para, asombrosamente, llevar a cabo lo imposible. No pasemos por alto, sin embargo, que, además, de un modo u otro, siempre reconocieron que la fortaleza les venía de Dios; simplemente supieron abrirse a la gracia de Dios y dejarse guiar por Él; creyeron, en definitiva, en la palabra que el Señor les dirigió un día: “No temas, yo estoy contigo…”


Conociendo todo lo anterior, es lógica entonces la jubilosa exclamación de Jesús cuando agradece a su Padre el haber revelado los misterios de su amor y misericordia a la gente sencilla y no a quienes, llenos de soberbia, se consideraban sabios y entendidos. El proceder de Dios siempre ha sido el mismo, sin excepciones, y Jesucristo es testigo de cómo Él mismo ha sido recibido y aceptado por quienes en verdad buscaban a Dios y no el aplauso o el reconocimiento del mundo. Así pues, quien quiera conocer al Señor solo tiene que humildemente dejarse llenar de Él. Una lección cardinal para quien desee avanzar en el camino de la fe.

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