En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. AMÉN. La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo el Señor, estén con todos ustedes. Y CON TU ESPÍRITU.
Comenzamos nuestro encuentro dominical escuchando este fragmento de la Biblia donde Jesús nos pide ser la sal y la luz del mundo.
LECTURA DEL EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO. Capítulo 5, versículos del 13 al 16)
“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para botarla y que sea pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para esconderla dentro de un tiesto, sino para ponerla sobre el candelero para que alumbre a todos los de la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y den gloria al Padre que está en los cielos”. PALABRA DE DIOS. TE ALABAMOS, SEÑOR.
Queridos hijos e hijas: Quiero aprovechar la oportunidad de hoy para hablarles de una virtud muy necesaria en la vida de toda persona y que, lamentablemente, no abunda mucho. Me refiero a la SINCERIDAD. También quiero comentarles un poco más sobre lo que mencioné el pasado domingo: el Monumento al Soldado Desconocido. Comencemos hablando de la sinceridad.
Tal parece que decir mentiras es algo de todas las épocas. Y que nadie se ha librado de ella. Seguramente, todos conocemos la historia de Pinocho, aquel muñeco de madera convertido en un niño cuya nariz le crecía cada vez que decía una mentira. Es una suerte que eso solamente pase en los cuentos, porque si no… ¡cuántos narizones habría entre nosotros!
El diccionario define a la persona sincera como “la que habla o actúa sin doblez o disimulo”. Pero pienso que entenderíamos mejor lo que es la sinceridad si analizamos cómo surgió esa palabra. Cuentan que en la Antigua Roma se puso tan de moda adornar las casas con estatuas de bronce que el metal escaseó y algunos “merolicos” de aquel tiempo empezaron a mezclar metales, engañando a los compradores. En el proceso de fundición las estatuas quedaban con desperfectos y porosidades por no ser de puro bronce. Y para eliminar los defectos mencionados, “inventaron” rellenando las grietas con cera, con lo cual las esculturas quedaban lisas y brillantes. Y como “la verdad padece, pero no perece”… la hora de la verdad llegó con el caluroso verano: la cera se derretía y los romanos descubrieron cuál estatua era con-cera y cuál estatua era sin-cera. Así surgió la palabra SINCERIDAD. Estatua sin-cera era la auténtica, sin engaños ni apariencias.
Llegaría el día que Jesucristo, afirmaría que la sinceridad y la libertad son amigas inseparables, cuando dijo: “La verdad los hará libres” (Jn. 8, 32). Esa fue una de sus magistrales enseñanzas a sus discípulos. Y él se llamaría a sí mismo “la Verdad” (Jn. 14, 6). Mientras que a Satanás, Jesucristo lo calificaría como “el mentiroso y el padre de la mentira” (Jn. 8, 44). Y en la última cena, pediría por los suyos, por nosotros, con esta oración: “Padre, santifícalos en la Verdad” (Jn. 17, 17).
Mucho se habla hoy día de “ser sinceros”, de “ser auténticos”, de “ser transparentes”, de “hablar cara a cara”, “sin rodeos”, de “conversar con el corazón en la mano”, de “buena fe”, “con franqueza”, “a camisa quitada”, “con todas las cartas sobre la mesa”, y otras muchas frases similares… y sin embargo parece multiplicarse la falta de sinceridad con nosotros mismos, con Dios y con los demás. Y en muchas ocasiones puede llegar la tentación de emplear el disimulo, la hipocresía, la verdad a medias, los pequeños engaños, los amores de cumplo y miento, las grandes, medianas o pequeñas mentiras que justificamos llamándolas “piadosas”, y otros mil recursos más para no decir la verdad tal como es. Como a Pilatos, Satanás nos invita a cada momento a “lavarnos las manos” (Mt. 27, 24) y a preguntarnos, haciéndonos los ignorantes, “qué es la verdad” (Jn. 18, 38).
La sinceridad es una virtud de primer orden y no seremos buenos cristianos si no la vivimos hasta sus últimas consecuencias. Les indico ahora cómo tenemos que practicar la sinceridad.
PRIMERO: HEMOS DE SER SINCEROS CON NOSOTROS MISMOS. Porque la sinceridad nos llevará a reconocer nuestras faltas sin disimularlas, sin tratar de justificarlas, o de echarle la culpa al otro, como pasó con Adán que culpaba a Eva y ésta, a su vez, a la serpiente (Gén. 3, 1-13); la sinceridad nos hará estar siempre alertas ante la tentación de dejar a un lado la verdad y “fabricarnos nuestra verdad, de pretender que sea verdad, lo que nos conviene que sea verdad”. Si no somos sinceros con nosotros mismos, nuestra conciencia se deformará con facilidad, y confundirá el bien con el mal, o le llamará bueno a lo que es malo, o para decirlo con otras palabras, se atreverá a decir que “viene de Dios” algo que nunca podrá venir de él porque es pecado. Y la conocida frase “Dios me comprende” será un engaño para nuestra alma.
SEGUNDO: No basta con ser sinceros con nosotros mismos, HEMOS DE SER SINCEROS CON DIOS. Porque sería absurdo que pretendiéramos tratar de engañar a Dios que sabe lo que hay en nuestros corazones desde mucho antes de entrar a su presencia. Y además, ¿de qué calidad sería nuestro amor y nuestro deseo de servir a Dios si no somos sinceros con él? El propio Jesucristo pidió el amor incondicional a la verdad, cuando nos enseñó: “El lenguaje de ustedes sea sí, si es sí, y no, si es no” (Mt. 5, 37).
TERCERO: Y por último, además de ser sinceros con nosotros mismos y con Dios, HEMOS DE SER SINCEROS CON LOS DEMÁS. Porque si no hay sinceridad en las relaciones con el prójimo, la convivencia se hace imposible. Quienes nos rodean deben convencerse de que somos personas que ni mentimos ni engañamos jamás. También porque nuestro refrán popular nos advierte muy claramente que “más fácil se coge a un mentiroso que a un cojo”.
Para ser sinceros, el primer medio que hemos de emplear en la oración: es pedir al Señor que veamos nuestros errores, los defectos de nuestro carácter, que nos dé fortaleza para reconocerlos como tales, y valentía para pedir ayuda y luchar. Otro medio será la dirección o el acompañamiento espiritual y el Sacramento frecuente de la Confesión, abriendo de verdad el alma, diciendo toda la verdad, con deseos de que conozcan nuestro mundo interior para que nos puedan ayudar en nuestro caminar hacia Dios. “Al director espiritual, el pecho de cristal”, se nos enseñaba. Ante Pilatos, Jesucristo proclamó que había “venido a este mundo para dar testimonio de la verdad” (Jn. 18, 37). La sinceridad consistirá en reconocer la verdad, no en defenderla. Porque la verdad no necesita defensores, sabe defenderse sola. Dos y dos son cuatro aunque miles de personas digan lo contrario. La verdad lo que necesita son testigos. Y ahí está nuestro papel: dar testimonio de la verdad aquí y siempre.
El “Pastorcito mentiroso y el lobo”, es una fábula que relata el episodio de un pequeño pastor que gritaba “ahí viene el lobo, que viene el lobo” y los vecinos acudían para auxiliarlo, pero él se divertía con la mentira que había dicho. Otro día, nuevamente gritaba “Ahí viene el lobo, viene el lobo” para asustar a la población que acudían armados con hachas y palos, al escuchar el grito de auxilio. Sin embargo, la sorpresa era muy grande cuando no encontraban lobo alguno, solo al pequeño pastorcito disfrutando su gran mentira. Los aldeanos indignados, regresaban disgustados a sus casas y campos. Cierto día, el lobo se apareció de verdad y aunque el pastorcito mentiroso gritaba con todas sus fuerzas “llegó el lobo”, nadie acudió a salvarlo. El lobo, se hizo dueño de las ovejas y para terminar su fechoría, se comió también al pastorcillo mentiroso. Y como todo cuento, termina con una enseñanza: En boca de la persona mentirosa, la verdad se vuelve dudosa.
CANTO: Yo canto al Señor porque es grande (2.22)
Hablemos ahora de los “soldados desconocidos”. Hay algo común en la historia de los pueblos o en las narraciones de la Biblia e incluso en la vida de nuestras comunidades, y es la presencia de personajes célebres (podríamos llamarlos “principales) junto con personajes anónimos, sin nombre (y que podríamos llamarlos “secundarios”). A los principales los conocemos y merecen nuestra felicitación, y decimos que brillan como estrellas en el firmamento y se podría hacer una lista interminable de ellos: Martí, Agramonte, Céspedes, Maceo, San Pablo, Teresa de Calcuta, el Padre Olallo, el Padre Valencia, etc. ¡Cuántos libros se han escrito sobre ellos! Pero mi intención es hablarles hoy de otros muchos hombres y mujeres que también brillan y que, aunque el papel que desempeñan parece “secundario”, su importancia es como la de los “principales”.
Al hojear la Biblia, ¡cómo nos hubiera gustado conocer más sobre San José, o sobre aquel muchacho que puso a disposición del Señor sus “cinco panes y dos peces” (Jn. 6, 9) para el milagro de la multiplicación… y conocer, al menos, el nombre del que prestó su casa a Jesús para celebrar la última cena (Mt. 26, 18), y el del capitán romano que, junto a la cruz, exclamó: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mt. 27, 54), y el de la suegra de Pedro, atenta a servir (Mt. 8, 15). Hay momentos en que aquellos que “no brillan” son los que dan la cara, como José de Arimatea, de quien la Biblia dice que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos (Jn. 19, 38) que no dudó en hablar con el mismísimo Herodes con tal de poder enterrar dignamente a Jesús.
En nuestra historia hay otros ejemplos: Les hablé, el domingo pasado, del monumento “Al Soldado Desconocido” que hay en el Casino Campestre. Sabemos que con él se honra a aquellos que lucharon por la Patria, pero que, por diversas circunstancias, no se conservaron sus nombres. Todos sabemos de las hazañas heroicas del Mayor Ignacio Agramonte, pero ¿él hubiera podido hacerlas sin su caballería? Sin embargo, la historia no guardó los nombres de todos. También en el calendario de fiestas de la Iglesia hay un dato que observar: el 1 de noviembre se celebra la fiesta de “Todos los Santos”, porque la Iglesia está convencida de que son muchos más los santos que están en el cielo que los que ella, después de un largo proceso de estudio y valoración, ha certificado que gozan de la presencia de Dios. La fiesta del 1 de noviembre es, pues, para honrar a los santos conocidos y a los anónimos o desconocidos.
En nuestras comunidades de hoy pasa lo mismo. Abundan en ellas, junto a maravillosas personas que podríamos llamar “importantes”, otros muchos personajes, digamos, “secundarios” que, ante los ojos del mundo, “no brillan”. Tal vez nunca los veamos hablarles a la comunidad, o dirigir el coro, o ser lector en la Misa. Quizás nunca salgan en nuestro Boletín Diocesano o en algún periódico. Pero ¿qué sería de nosotros sin ellos? Porque son personas que ofrecen cada día su pequeñez, sus “cinco panes y dos peces” para que otros sean los que hagan los milagros y se lleven los aplausos. Hoy quisiera, por tanto, reconocer a tantos “soldados desconocidos” de nuestra Iglesia que, sin esperar nada a cambio, están haciendo posible lo imposible.
¡Gracias, pues, a ese grupo de personas que, desde hace años, cada semana y sin fallar una vez, están temprano en sus iglesias para prepararles un desayuno a personas necesitadas! ¡Gracias a ese joven que cada semana podría ser hasta mal juzgado por algunos cuando lo ven comprando 20 panes y no saben que él y otros se los llevan a personas enfermas! ¡Gracias a aquellos que varias veces a la semana cocinan y llevan un poco más de comida a enfermos necesitados en nuestros hospitales! ¡Gracias a aquellos que tocan las campanas de nuestras iglesias, que les dan la fatigosa cuerda a los relojes de nuestros campanarios, que dedican horas a la fabricación de las hostias que serán consagradas en cada Misa! ¡Gracias a los catequistas de todas las semanas, a los que les contestan cartas a los presos que quieren tener alguien con quien conversar! ¡Gracias a los visitadores de enfermos, a los monaguillos de nuestras Misas, a los misioneros, a los que cosen y lavan los ornamentos de la Misa! Son personas para los cuales no hay sábados ni domingos de descanso.
¡Gracias también a los que no se cansan de hacer gestiones para conseguir a otros sus medicinas, o una silla de ruedas, o un turno médico! ¡Gracias a tantas familias que, en toda Cuba, han convertido las habitaciones de sus casas en templos para su comunidad! ¡Gracias a las cocineras de nuestras casas parroquiales, a los empleados de nuestro Arzobispado y a los choferes! ¡Que vivan muchos años más tantas “viejitas” anónimas que, con sus oraciones diarias, son los “pararrayos” de nuestras ciudades!
¡Gracias a los que barren nuestras calles y recogen la basura de nuestros hogares! ¡Gracias a las auxiliares de limpieza de nuestros hospitales, policlínicos y escuelas, y a los choferes y mecánicos que cada día hacen milagros para que las guaguas funcionen! ¡Gracias a los que reparten los periódicos, y a los panaderos que nos hacen el “pan de cada día”! ¡Gracias a los que trabajan en las funerarias y en los cementerios! ¡Gracias a esos hombres que se suben en nuestros frágiles techos para coger las goteras que tanto nos molestan! ¡Gracias a los que siembran nuestra fértil tierra y hacen posible que comamos sus frutos! ¡Gracias a los valientes bomberos sometidos siempre a difíciles tareas!
Me hubiera gustado poner los nombres de esos “desconocidos” a quienes conocemos muy bien, pero no importa. Para nosotros ellos son héroes anónimos, santos desconocidos del 1 de noviembre. Y para Jesucristo, muchos de ellos son aquellos de los que él dijo que “sus nombres están escritos en el cielo” (Lc. 10, 20).
Hagamos ahora nuestras humildes peticiones, respondiendo cada vez: TE LO PEDIMOS, SEÑOR.
1- Por todos nosotros, para que sepamos agradecer la salud y la vida y ver en los enfermos la presencia doliente de Jesucristo, roguemos al Señor. TE LO PEDIMOS, SEÑOR.
2- Para que los pobres y enfermos reciban la buena noticia de Jesucristo que los ama y quiere salvarlos, roguemos al Señor. TE LO PEDIMOS, SEÑOR.
1- Por todos los que se dedican al cuidado de los enfermos con motivo de esta epidemia, para que tengan la fuerza y la misericordia que necesitan, roguemos al Señor. TE LO PEDIMOS, SEÑOR.
2- Por las personas a las que el sufrimiento las ha alejado de Dios, para que encuentren el camino que los lleva al Dios que los ama, roguemos al Señor. TE LO PEDIMOS, SEÑOR.
1- Por todos nuestros familiares y amigos difuntos, para que gocen ya de la presencia del Señor. Roguemos al Señor. TE LO PEDIMOS, SEÑOR.
ARZOBISPO: Los invito ahora a recibir la Comunión Espiritual. Nos preparamos rezando la oración que el mismo Jesús nos enseñó: PADRE NUESTRO…
«Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo y en el Santísimo Sacramento del Altar. Te amo sobre todas las cosas, y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno del todo a Ti. Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti.» Amén.
Termino con esta anécdota que nos vendrá bien recordar siempre:
“Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando vieron cuán hondo era, les dijeron a las dos ranas que debían darse por muertas, ya que no podrían salir. Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras les gritaban que no insistieran, porque de todos modos iban a morir. Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió, se desplomó y murió. La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, las otras ranas le gritaba y le hacían señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir. Pero la rana saltaba cada vez con más fuerza hasta que, finalmente, logró salir del hoyo. Cuando salió las otras ranas la felicitaban diciéndole: “Nos da alegría que hayas logrado salir, a pesar de lo que te gritamos”. Entonces la rana les explicó que ella era sorda, y que pensaba que los gritos de ellas eran para animarla a esforzarse más y salir del hoyo”.
Saquemos dos enseñanzas de la anécdota escuchada: La palabra tiene poder de vida y muerte. Una palabra de aliento compartida a alguien que se siente desanimado puede ayudar a levantarlo. Una palabra destructiva dicha a alguien que se encuentre desanimado puede ser lo que acabe por destruirlo. Tengamos cuidado con lo que decimos y cómo lo decimos. Concluyo dándoles a todos la bendición de Dios, deseando que vaya especialmente sobre los que están enfermos, los presos, los minusválidos, los que viven solos, los que están lejos de su familia y de su tierra cubana, los abuelitos de los Hogares de Ancianos, los que sufren, los matrimonios sin hijos o con hijos difíciles, los que se sienten tristes, los que lamentan la muerte reciente de un ser querido, y los que han perdido la alegría que nace de la virtud de la esperanza. Bendición que llegue también a todo el personal de Salud que, en estos momentos, aquí y en otros países ayuda a vencer la epidemia.
El Señor esté con ustedes. Y CON TU ESPÍRITU. Que la bendición de Dios Todopoderoso: Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre todos ustedes y los acompañe siempre. AMÉN.
Les recuerdo que el próximo domingo, a esta misma hora y por Radio Cadena Agramonte, volveré, si Dios quiere, para compartir con ustedes. Nos despedimos con el canto del Ave María a la Virgen.
CANTO FINAL: Ave María (Grupo Kairoi, 3.30)
