Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila, domingo 12 de julio de 2020

La Palabra de Dios tiene la eficacia que le viene del propio Señor. Es capaz de penetrar lo más íntimo del ser humano y transformarlo. A la vez con una correlación que sobrepasa nuestro entendimiento, respeta la libertad con la cual Él nos ha creado.

La conocida parábola que se nos propone este domingo trata entre otros temas, de los diferentes frutos que produce el anuncio del evangelio (es decir, la semilla), según las disposiciones de los oyentes (los distintos terrenos en que se riega esta semilla). Jesús partió de una realidad perfectamente conocida por la muchedumbre que vino a escucharlo. Muchos de ellos habían sembrado innumerables veces sus parcelas, así que podían imaginar con claridad el escenario que el Maestro les describía y entonces captar el mensaje que pretendía transmitirles. Lo primero que salta a la vista probablemente es el hecho, también con fundamento en la vida real, de los diferentes frutos que se obtienen de una misma semilla que se riega en el campo, desde nada hasta el ciento, sesenta o treinta por uno.

En nuestra experiencia de fe está sin dudas, la constatación de cómo nos hemos encontrado con personas impermeables a la fe, o al menos dan esa impresión; a la misma vez no faltan ejemplos de creyentes entusiastas que por diversas razones luego se han entibiado o incluso, abandonado la iglesia. No es un secreto que esto con frecuencia nos desanima y hace dudar de la validez de nuestros esfuerzos misioneros. Quisiéramos encontrar siempre oídos y corazones receptivos al mensaje que predicamos, desearíamos ser testigos de conversiones en masa y de templos rebosantes de fieles. Pues bien, Jesucristo nos anticipa que excepto en contadas ocasiones, y recordemos que “la excepción confirma la regla”, nuestro quehacer misionero no implicará un baño de multitudes fervorosas, sino que exigirá de nosotros el empeño callado, paciente y lleno de esperanza del sembrador, que persevera cosecha tras cosecha en su labor y siente tristeza por la semilla que no dio fruto o se quedó en medio del camino, pero no obstante se alegra por las espigas que produce el grano tan deseado.

El sembrador sabe bien que su trabajo no lo es todo, sino que hay un margen muy grande de incertidumbre que abarca desde la eficacia de la semilla hasta la idoneidad de la tierra en la cual aquella cae; de modo que confía y sabe que una parte no podrá germinar y dar frutos porque el borde del camino, el terreno pedregoso o las zarzas, no permitirán llevar las cosas al término deseado, sin embrago, misteriosamente, el resto dará frutos superabundante. Confiar y continuar regando la semilla: una lección muy importante para los que por el bautismo hemos sido constituido sembradores del evangelio. En otras palabras, es recordar las enseñanzas muy realistas de san Pablo en su primera carta a los corintios cuando les recuerda la misión que él y Apolo realizaron durante la fundación de esa comunidad cristiana: “Después de todo, ¿qué es Apolo? ¿Y qué es Pablo? Nada más que servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según lo que el Señor le asignó a cada uno. Yo sembré, Apolo regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que no cuenta ni el que siembra ni el que riega, sino solo Dios, quien es el que hace crecer” (1Cor. 3, 5-7).

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