Mensaje de Mons. Wilfredo Pino Estévez, Arzobispo de Camagüey. Domingo 12 de julio de 2020

Queridos todos: Dios creó el universo y creó esta tierra en que vivimos. Pero al único que creó “a su imagen y semejanza” (Gen. 1, 26) fue al hombre. Todo pertenecía al hombre. Dios le dio al hombre todos los animales y todas las plantas con frutos y semillas (Gen. 1, 29). Dios le pidió al hombre ser creador: “Domina la tierra” (Gen 1, 28), le dijo. El trabajo de sus manos fue bendecido por Dios y el hombre se sintió útil. Pero Dios no tuvo nada que ver con los inventos que hizo luego el hombre: separar la tierra en países y crear fronteras, los pasaportes, las visas, las aduanas, el alambre de púas, los países ricos y los países pobres, la explotación de unos sobre otros… todo ello fruto del pecado de los hombres.

Es el pecado quien lo enredó todo. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Gen, 3, 19). Ahora se le añade al trabajo inicial el peso del agobio, de la angustia porque la tierra no produce o porque se tienen las manos atadas o porque no hay los recursos necesarios. Ahora se añaden también las injusticias de los hombres que buscarán, sí, ganarse su pan pero “con el sudor del que está enfrente”. Pero el trabajo no lo hizo Dios “como castigo”,  como dice aquella antigua canción nuestra

En una fecha tan lejana como el 3 de enero de 1959, a sólo tres días del triunfo de la Revolución, Mons. Enrique Pérez Serantes, arzobispo de Santiago de Cuba, escribió en documento público lo siguiente: “Es necesario hacer que el campesino ame la tierra y se sienta bien en el campo. Poco importa dar un pedazo de tierra al que no la ama”. De Martí es la conocida frase: “Si el hombre sirve, la tierra sirve”.

Los obispos de Cuba, en fecha tan lejana como el 8 de septiembre de 1993, citaron al Cardenal francés Roger Etchegaray que, en su visita a Cuba, dijo al despedirse, el 17 de diciembre de 1992: “Cuba no puede esperarlo todo de los demás. Es necesario, desde ahora, buscar verdaderas soluciones nacionales con la participación activa de todo el pueblo. ¡Ayúdate… y toda la tierra te ayudará! Cree en tus propios recursos humanos que son inagotables, cree en estos valores que hace de todo hombre tu hermano”.

Jesucristo fue carpintero, pero conocía muy bien el tema de la agricultura, que estuvo siempre presente en sus predicaciones. Baste recordar: las parábolas del sembrador (de este día domingo) que fue tirando a voleo la semilla en el campo, la de la semilla de mostaza, la del enemigo que siembra cizaña por la noche mientras dormía el que había sembrado la buena semilla, la de los trabajadores que fueron contratados a distintas horas para trabajar en la finca, la de los viñadores asesinos, la de la vid y los sarmientos, la del padre que les pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a la finca, etc.

Los campesinos cubanos y creyentes de hoy están llamados, de manera especial, a enseñar a los demás cubanos a pedir la ayuda de Dios. A cada campesino Dios le da la tierra, el agua, la semilla, el sol. La parte nuestra, la parte del campesino, es el arado. De ustedes, los campesinos, aprendí que es mejor la llovizna, el chinchín, que el gran aguacero que destruye flores y frutos. El chinchín no daña y permite que la tierra vaya tragando el agua y no se desperdicie. Que así sea nuestra relación con Dios. No acordarnos de Dios una vez al año, sino provocar la lloviznita de cada momento, de cada día, del “si Dios quiere” de cada momento. Así viviremos más nuestra fe y seremos creadores con el Creador.

Dejemos ahora que sea el mismo Jesucristo quien nos explique a nosotros, cristianos del siglo XXI, la parábola del sembrador. Ya conocemos que el sembrador es Dios, que la semilla es la Palabra de Dios y que los distintos lugares donde cae la semilla son nuestros corazones que reciben, de distinta manera, la semilla.

Jesucristo dijo que la semilla que cae en el camino no encuentra una tierra preparada. El camino representa la tierra pisada, dura, el terraplén, el rocoso, el asfalto. Son semillas que, lamentablemente, se perderán. Vendrán las palomitas, los pájaros, y se las comerán. Para Jesucristo esta situación representa a los que escuchan la Palabra de Dios con indiferencia y poca atención. Son las almas sin cultivo alguno, nunca roturadas, acostumbradas a vivir de espaldas a Dios. Son corazones duros. Escuchan la Palabra divina, pero fácilmente el diablo la arranca de sus almas. No se preocupan por entenderla ni aprecian su valor, y por eso no penetra en el fondo del alma, donde debía germinar y fructificar.

Continúa Jesucristo explicando que la semilla que cae entre piedras y no puede echar raíces suficientes representa a los oyentes que dan fe a la Palabra de Dios y la reciben en un principio con cierto entusiasmo y alegría, pero por su ligereza de ánimo no la dejan echar raíces profundas, y a la primera persecución o contratiempo que les sobreviene por causa de su fe, ceden lamentablemente y, por la inconstancia de su corazón, abandonan fácilmente a Cristo y sus enseñanzas. Son almas superficiales, inconstantes, incapaces de perseverar. Tienen buenas disposiciones. Santa Teresa escribe: “Hay algunos que después de vencer a los primeros enemigos de la vida interior, se les acabó el esfuerzo, les faltó ánimo, dejaron de luchar, cuando sólo estaban a dos pasos de la fuente del agua viva que dijo el Señor a la Samaritana que quien la bebiere no tendrá sed”. Tenemos que pedir a Dios la constancia en los propósitos para comenzar y recomenzar una y otra vez.

Sigue Él enseñando que la tercera categoría representa a los oyentes que han dejado dominar su corazón por las preocupaciones materiales y el amor a las riquezas que ahogan y matan la unión con Dios. Son las personas volcadas a lo material, con los ojos pegados a las cosas terrenas que no saben descubrir las realidades sobrenaturales. Jesucristo ya nos había advertido: “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt. 6, 21).

Dijo, finalmente, que la semilla que cae en tierra buena y da fruto abundante representa la predicación del Evangelio que cae en un corazón bien dispuesto, libre de todos los obstáculos que pudieran impedir su germinación y crecimiento. En la tierra de Jesús, una cosecha del siete por uno era considerada una buena cosecha. Hablar, pues, de una cosecha del treinta, sesenta o ciento por uno debió resultar algo exagerado y sorprendente para los oyentes de Jesús.

Jesús quiso en aquel tiempo, y ahora también, animarnos a sus discípulos con la grandiosa cosecha final. A pesar del fracaso aparente y de su presencia oculta, la llegada del Reino es imparable, y el resultado final será maravilloso e incalculable.

Todos alguna vez hemos sembrado una mata. Y sabemos de malas hierbas, de regar, de abonar, de cuidar, de podar. Apliquemos esos ejemplos a nuestro crecimiento espiritual. ¿Qué frutos ha dado la semilla que Dios plantó en nosotros el día de nuestro bautismo? ¿Hemos sabido quitar las piedras y zarzas que hacen daño a la semilla sembrada en nosotros? ¿Vamos venciendo nuestros defectos que, como enredaderas alrededor nuestro, ahogan nuestra vida espiritual? Rezamos para que Dios nos ayude a dar los frutos que Él espera de nosotros y que nosotros, por nuestra tarde, vayamos venciendo el mal con el bien. Que así sea.

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