Queridos hijos e hijas los saludo con alegría, dándole gracias a Dios por podernos encontrar nuevamente. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa.
Jesús es el Maestro con mayúscula, y en más de una ocasión lo descubrimos acercando su mensaje a la gente humilde y sencilla, que son los privilegiados en el Reino de Dios.
Hoy lo escuchamos en el Evangelio hablando en parábola, es decir, transmitiendo su legado a través de una historia, de forma tal que el pueblo que lo escuchaba pudiera comprender el contenido de lo que Jesús quería comunicar, porque su objetivo no era sobresalir en el grupo, ni demostrar sus conocimientos intelectuales. A Él lo que más le interesaba era que todos lo entendieran, para que así pudieran acoger el estilo de vida que les proponía. Les habla desde una situación de la vida que era común para sus interlocutores: se refería a la tierra fértil y el terreno pedregoso, el camino, el sembrador, la buena semilla, en fin, utilizaba una metodología que favorecía el entendimiento.
Sin embargo, esto no era suficiente. La otra mirada al Evangelio de hoy hace referencia a la actitud de quienes lo escuchaban. Ellos tenían la Verdad delante de sus ojos, pero no eran capaces de descubrirla y creerla totalmente. Les faltaba mirar con los ojos del corazón. ¿Cuántas veces nos ocurre así a nosotros? ¿Cuántas veces necesitamos pruebas, milagros, signos sobrenaturales, para creer que Dios existe? Démosle gracias a Dios por habérsenos revelado de tal manera que hemos permitido que entre en nuestras vidas y podamos dar testimonio de su amor.
Jesús comienza a explicar la parábola del sembrador, la lleva a cada uno de nosotros para que podamos examinar qué tipo de tierra somos. Este texto es un magnífico examen de conciencia para cada cristiano y cada hombre en general. ¿No es verdad que en algún momento de nuestra vida no hemos hecho caso a lo que Dios nos está diciendo? o ¿cuántas veces escuchamos expresiones como: yo respeto, pero no creo? Muchos de ellos han oído el mensaje pero no les han hecho caso, quizás por indiferencia personal, pero quizás porque la forma en la que lo hemos transmitido no ha sido la más adecuada. No hagamos de la experiencia de Dios una barrera que limite la cercanía de los otros, poniendo duras cargas sobre sus espaldas. Es muy triste ver al hombre al que le falta Dios en su corazón. Aunque muchos no lo reconozcan, sus vidas no están completas. Nuestra naturaleza está estrechamente ligada a Dios porque hemos sido creados a su imagen y semejanza. Por mucho que un hijo quiera separarse de sus padres, ellos están presentes en sus genes y esto se manifiesta en rasgos personales o características espirituales de cada persona. Dios está en nuestro ADN.
Están también los que su vida es como el terreno pedregoso: han escuchado el mensaje y lo han acogido, pero no tienen bases sólidas y ante las primeras dificultades pierden la fe, o dejan de ir a la iglesia porque el cura o aquella señora le hizo una acción que le dolió, prefiriendo entonces alejarse de la comunidad cristiana para vivir la fe a su manera, o no vivirla. ¡Cuidado! Si no alimentamos nuestra vida espiritual, si no compartimos con la asamblea cristiana, vamos matando nuestra relación con Dios.
Parecido ocurre con la semilla que cae entre espinas. Escuchan el mensaje pero no pueden sacar tiempo para Dios. ¿Cuántas veces no decidimos quedarnos limpiando antes de ir a Misa el domingo?, ¿o nos cuesta realizar pequeños sacrificios al asumir compromisos concretos dentro de la comunidad como el coro, las lecturas, la visita a los enfermos o la catequesis, simplemente porque implica dedicar tiempo y no estamos dispuestos a ello?
Sin embargo, todo no es oscuro entre los seguidores de Cristo. También encontramos la tierra fértil, donde la semilla cae y da frutos en abundancia. Si hacemos un recorrido por las personas que se sientan en nuestros templos veremos cuánta buena tierra existe a nuestro alrededor. En este grupo hay nombres concretos, por quienes le damos gracias a Dios ya que sus vidas han sido una exuberante cosecha.
Hoy los invito a dar gracias por las personas que llevan a sus hijos y a los demás niños amigos a la catequesis para que conozcan a Dios. A veces tienen que recorrer largas distancias, en transportes incómodos o sin ellos, y sin embargo, están cada semana entrando puntualmente y sabes que puedes contar con ellos para lo que necesites.
Demos gracias por la señora que todos los domingo toca el piano, o los jóvenes que animan con sus guitarras las celebraciones, implicando sacar tiempo para ensayos preparando la celebración, no para que digan lo lindo que cantan, que también es verdad, sino para hacer realidad las palabras de san Agustín y ayudar a la comunidad a que mientras canten, oren dos veces.
Agradezcamos por todos los que han hecho de Dios su absoluto y esto les ha permitido no renunciar a sus valores, ni a su fe, ni a sus principios, viviendo coherentemente.
Doy gracias a Dios por ti, pues hoy lees e invitarte a que te conviertas en tierra fértil, donde las semillas de la Buena Noticia que te presento puedan hacer de tu vida un jardín agradable a los ojos de Dios.
Que la Virgen de la Caridad, nuestra Madre, nos ayude a escuchar siempre el mensaje del Altísimo, prestarle atención y dar frutos al ciento, al sesenta o al treinta por uno, según la gracia que se nos ha regalado.
