Mensaje de Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de Pinar del Río. Domingo 19 de julio de 2020

Queridos hijos e hijas los saludo con alegría, dándole gracias a Dios por podernos encontrar nuevamente. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa.

Hoy nuevamente escuchamos a Jesús hablando en parábolas. Esta vez para presentarnos el Reino de Dios.

En la historia de la cizaña sembrada en medio del trigo, Jesús pone de manifiesto la existencia del bien y del mal en la vida humana, en la sociedad. Un dilema que está presente en el mundo desde su inicio. Dos sentimientos o dos semillas que pueden crecer juntas, pero en la siega sus destinos no son iguales.

Todos tenemos de trigo y de cizaña, lo que en unos predomina más la cizaña que el trigo, o viceversa. Por eso es que ninguno podía tirar la primera piedra en el episodio con la adúltera, pues todos en algún momento, habían fallado.

Dios, a través de Jesús, nos propone una alternativa: saber convivir con el mal. El propio Cristo es el gran ejemplo de tolerancia, paciencia y misericordia. Ante el mal, hemos de ser prudentes. Hace falta sabiduría divina para superar el mal y dejar que la semilla del bien crezca en nuestra vida. “Vence el mal con el bien”, como nos enseña el apóstol san Pablo en su carta a los romanos.

Yo sé que decirlo es fácil, pero hacerlo y lograrlo es algo bien distinto. La venganza y el odio están tocando a la puerta de un corazón herido por la humillación y la injusticia. Sin embargo, sabemos de grandes personas que a lo largo de su vida han dado nombre y apellidos a la lucha por la paz en el mundo. Nelson Mandela, Martin Luther King o Mahatma Gandhi, quienes enriquecen nuestros libros de historia con sus testimonios.

También en nuestra Iglesia encontramos ejemplos de personas que se han caracterizado por vivir como trigo en medio de la cizaña: así descubrimos, por citar algunos ejemplos, a santa María Goretti, quien fue asesinada a los doce años y perdonando antes de morir a su agresor; o san Juan Pablo II, que perdonó y visitó en prisión a Ali Agca, quien le había realizado un atentado el 13 de mayo de 1981; y así podríamos mencionar millones de nombres tanto en la vida social como religiosa. Ellos han aprendido la lección dada por el mejor de los Maestros, aquel que desde lo alto de la Cruz donde lo habían clavado en el Monte Calvario exclamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Poco a poco construimos el Reino de Dios aquí en la tierra; a través de las pequeñas acciones diarias. Recuerden que Jesús nos pone el ejemplo del grano de mostaza, que es la menor de todas las semillas, pero llega a ser uno de los árboles más fuertes de la creación.

Demostremos tolerancia con las personas que piensan diferente a nosotros. Eduquemos a las nuevas generaciones en valores como el respeto y la solidaridad. Practiquemos el perdón hacia aquellos que nos han dañado, para poder sanar nuestros corazones. Regalemos sonrisas a todos y preguntémonos cada día, cuánto hemos sido capaces de amar y servir. Esa es la levadura que necesita nuestra sociedad, que necesita la familia, que añora tu ciudad, que pide Cuba insistentemente.

El Reino de Dios no es un lugar, es la presencia de Dios en tu corazón. Te invito a que permitas que se construya en ti. Contagiemos el mundo con el amor. Aunque creamos que la situación es demasiado difícil para que cambie, no es así.

La respuesta ante un insulto o una grosería,  no debe ser lo mismo, porque entonces no hay diferencia entre el trigo y la cizaña. Responde con educación y cortesía.

La reacción ante una injusticia o una herida no puede ser un golpe. No eres mejor que tu agresor si actúas con venganza. Reacciona con la verdad y la paz.

Ante un comentario malsano hacia otra persona, no fomentes el chisme. No te conviertas en sembrador de cizaña. Aclara tu punto de vista desde una postura firme.

En estos tiempos de recuperación hay mucho dolor entre nosotros: por lo que hemos perdido, por las carencias a las que nos enfrentamos, por el agobio diario de situaciones que creemos que nos sobrepasan; pero recuerda siempre que después de la crucifixión, Cristo disfruta de la gloria de la Resurrección. Después del martirio encuentras la Vida Eterna. El momento más oscuro de la noche es justamente antes de amanecer. No pierdas la sonrisa y la esperanza. Esfuérzate cada día en colocar un ladrillo en la construcción del Reino de Dios en medio de este pueblo. Descubrirás cuántas cosas positivas te suceden cada día. Dale gracias a Dios por ellas.

Que la Virgen de la Caridad nos ayude a que siempre sobresalga el trigo de nuestra alma, por encima de la cizaña que el mal ha sembrado en ella.

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