No son necesarios muchos argumentos para convencernos de la presencia del mal en el mundo en que vivimos, tanto en el pasado como en el presente y el futuro previsible, basta con acceder a las noticias diarias para enfrentarnos a un panorama con frecuencia desolador: guerras, violencias, discriminaciones de distintos tipos, miseria humana y material. El impulso inmediato que sentimos, con seguridad, es el de luchar con todos los medios posibles y válidos contra el mal que habita en este mundo y hace también acto de presencia en cada uno de nosotros. A primera vista parece una misión precisa, pero enseguida nos daremos cuenta de que no es tan sencillo distinguir con claridad el bien del mal, sobre todo cuando entramos en las complicaciones del corazón humano y de las primeras y segundas intenciones que impulsan nuestro actuar, no digamos ya cuando incluimos los sentimientos y las distintas maneras de mirar el mundo y la vida.
Como ocurre con el trigo y la cizaña de la parábola, es relativamente frecuente que nos confundamos o sintamos indecisos a la hora de emitir juicios con respecto a las acciones y, todavía más, las intenciones de los demás. Esto también nos sucede con las propias, y es que, como afirma la Biblia, nosotros solo vemos la apariencia, pero somos incapaces de conocer lo íntimo y profundo de las personas. Realmente, ser jueces imparciales de los otros, e incluso, de uno mismo, es una obra irrealizable. La buena noticia es que, por suerte, esto le toca a Dios, el único que puede hacerlo con plena justicia y misericordia, dos virtudes en apariencia irreconciliables, pero que en Él se compaginan a la perfección.
El mensaje de las tres parábolas del evangelio de este domingo es muy explícito: nuestra misión en el mundo no es la de juzgar ni clasificar las personas en buenas o malas, sino la de esforzarnos por obrar el bien, con la ayuda de Dios; lo demás queda en sus manos todopoderosas que, como sucede con el grano de mostaza y el puñado de levadura, son capaces de realizar lo que para nosotros es imposible e inalcanzable.
Es muy fácil que el desánimo nos embargue ante el panorama desolador del mundo y las debilidades y pecados personales; pero nunca podemos olvidar que todo, absolutamente todo, como expresa un canto muy conocido en nuestras comunidades, está en las manos del Dios para quien nada hay imposible, Él sabrá llevar a buen término lo que a nuestros ojos parece caótico e inmanejable. Fe y confianza en Dios, dedicación a las buenas obras: un magnífico programa de vida que la Palabra nos propone hoy.
