Mensaje de Mons. Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 26 de julio de 2020

“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”, enseñó Jesús a sus discípulos, y en la vida se comprueba el  cumplimiento  de  esta  verdad:  consagramos  nuestros  esfuerzos  y  tiempo  a  aquello que es valioso para nosotros, por el contrario, lo que nos disgusta o es indiferente siempre queda en el olvido o lo hacemos a regañadientes.

La fe es un tesoro para el cristiano. Las dos primeras parábolas del evangelio de hoy hablan de dejarlo todo por tal de alcanzar el Reino de Dios, aunque quieren centrar principalmente nuestra atención en la alegría desbordante con la cual el creyente recibe el don de la fe, hasta tal punto que, sin perder tiempo, la coloca en el primer lugar de su vida, porque conoce su valor inestimable. La alegría del Evangelio, como nos enseña el Papa Francisco en su primera exhortación apostólica, debe ser un signo distintivo del discípulo de Cristo, porque el encuentro con el Señor tiene como uno de sus frutos principales el gozo profundo que llena de ardor y entusiasmo. 

Cuando la fe constituye una pesada cadena que arrastramos penosamente, entonces algo anda muy mal en nuestra vida cristiana; cuando la práctica de la fe se convierte en una rutina que cumplimos sin apenas darnos cuenta y en la cual faltan vitalidad y entusiasmo, sin duda que el pronóstico no es nada halagüeño para nuestra vida espiritual, estamos, en efecto, enfermos de gravedad, necesitamos recuperar la alegría inmensa del amor primero y poder así, salir de la tibieza y el estancamiento a los que se refieren las cartas a las iglesias de la primera parte del libro del Apocalipsis.

El  mundo  de  hoy  necesita testigos  creíbles  del  Evangelio;  pero  no  bastan los  argumentos racionales, por ciertos y bien presentados que estén: si no van acompañados de signos visibles en la vida y el actuar de los cristianos no serán, como mínimo, respetados. La alegría cristiana es uno de esos signos que no pueden faltarnos y ella es un don de Dios que debemos pedirle con insistencia, porque tiene su fuente en Él y en el encuentro íntimo con su persona. Las palabras del apóstol san Pablo en la carta a los filipenses son el mejor resumen de todo lo anterior: “Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Que su amabilidad sea evidente a todos. El Señor está cerca.”

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