Queridos hijos e hijas los saludo con alegría, dándole gracias a Dios por podernos encontrar nuevamente. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis más occidental del país que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa.
El evangelio que hemos escuchado hoy corresponde al miércoles 5 de agosto, día en que la Iglesia celebra la dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, la más grande dedicada a la Virgen María en Roma. Fue construida tiempo después del Concilio de Éfeso en el año 431 d.C., en el que Nuestra Señora fue proclamada Madre de Dios. En esta Basílica se encuentra una imagen mariana con el título de Virgen María, salvadora del pueblo romano, que en varias situaciones de gran necesidad se le ha sacado en procesión. El papa Francisco antes de emprender un viaje internacional y al retornar a Italia, se dirige a la Basílica de Santa María la Mayor, deja un ramo de flores al pie del cuadro mariano y se detiene en un momento de oración. Este icono también fue colocado en la Plaza San Pedro el pasado 27 de marzo cuando el Santo Padre guió la Bendición extraordinaria Urbi et Orbe pidiéndole a Dios por el cese de la pandemia del Coronavirus que estamos sufriendo. En Roma existen cuatro Basílicas mayores de gran importancia por la historia y riqueza espiritual que encierran. Santa María la Mayor es una de ellas. Las otras tres son la Basílica de San Pedro, la Basílica de San Juan de Letrán y la Basílica de San Pablo Extramuros.
Esta semana la liturgia nos invita a vivir además otras celebraciones importantes. El 4 de agosto es la fiesta de San Juan María Vianney, también conocido como el Santo Cura de Ars, y quien ha sido nombrado Patrono de los Párrocos. Además, el 6 de agosto es la fiesta de la Transfiguración del Señor, ocasión propicia para reflexionar sobre la divinidad de Cristo y nuestra invitación a vivir en la pureza y el compromiso apostólico.
Por eso las lecturas de la semana nos recuerdan que la fe en Jesús requiere de confianza total en Él. Las dificultades y tormentas de nuestra vida no pueden llevarnos a dudar de Dios. Al contrario, deben estimularnos en la fe. El Señor nos invita a superar nuestras limitaciones y caminar sin miedo hacia Él, que nos salva y nos ama verdaderamente.
Hemos escuchado el pasaje del encuentro de Jesús con la mujer cananea que se acercó gritando de desesperación, pues su hija estaba muy enferma y ella era consciente de que Jesús podía salvarla. Tanto era su insistencia que los discípulos intercedieron por ella pidiéndole al Maestro que la atendiera porque ella no paraba de gritar detrás de ellos.
Las primeras palabras que recibe de Cristo pueden paralizar a cualquiera: “Dios me ha enviado solamente a las ovejas perdidas del pueblo de Israel… no está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros…”. Muchos nos daríamos por vencido ante esta respuesta. Sin embargo, ella era consciente de la necesidad que tenía de la ayuda de Dios. Sabía que en Él podía encontrar la sanación para su hija. Era una cuestión de vida o muerte y para salvar la vida de su ser más querido era capaz de humillarse e insistir.
Escuchamos entonces una respuesta que a todos nos conmueve, incluyendo a Jesús: “Es cierto lo que dices, pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Ella pedía un milagro del tamaño de una migaja, algo que a veces ni percibimos. Esta es la fe del grano de mostaza, capaz de mover montañas. Por eso se le concede lo que ha pedido, a la vez que escucha la mejor de las felicitaciones por boca del Maestro: “¡Grande es tu fe!”
Jesús siempre encuentra una forma de escuchar y ayudar a la gente. La mujer cananea le demuestra perseverancia en la fe de manera sencilla y absoluta.
¿Cómo es nuestra fe? ¿Cuál habría sido nuestra actitud si nos viéramos en la posición de la mujer cananea? ¿Cuántas veces nos rendimos en la oración porque vemos que el tiempo pasa y no recogemos los frutos de nuestras intenciones?
Este evangelio me invita a pensar en varios aspectos que quisiera compartir con ustedes hoy:
Primero: esta mujer venía de otras tierras, de otras costumbres, de otra religión, por lo cual era discriminada ante los judíos. Sin embargo, al oír hablar de Jesús y conocer que se encuentra en la región, no lo piensa dos veces y sale a su encuentro, convencida de que Él puede ayudarla.
Muchos de nosotros hemos conocido a Dios a través de familiares y amigos que nos lo han presentado, pero muchos también de los que nos escuchan han vivido antes experiencias de fe en otras religiones, o en corrientes de ateísmo y agnosticismo, y puede que en ocasiones hasta hayan sufrido las miradas de los mismos cristianos, que juzgan por los actos de la vida pasada. Sin embargo, Dios ha tocado nuestros corazones y reconocemos en Él la Verdad y el Camino que tanto buscamos quizás en otros rumbos. Ya la vida no puede ser igual, por eso le pedimos con insistencia que nos salve.
En segundo lugar están los discípulos, quienes intercedieron por ella. Podríamos pensar que fue por la molestia de los gritos insistentes, pero también pueden haberlo hecho por misericordia, por conmoverse ante el dolor de los demás.
Y luego aparece Jesús en escena, quien pone a prueba la fe de esta mujer y queda conmovido con ella.
El poder de Dios se ha manifestado, una vez más, en esta curación. Nos cuenta San Mateo que “su hija quedó curada en aquel mismo instante”.
Ojalá aprendamos a ser perseverantes en nuestra oración, pero a la vez dejando que Dios actúe y confiando en que Su voluntad siempre es para nuestro bien, porque Dios nos ama como nosotros no somos capaces de imaginar.
El evangelio del 6 de agosto nos narra el pasaje de la Transfiguración del Señor en el monte Tabor. Ocurría aquí un suceso que la razón no puede explicar: “Su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz”. Elías y Moisés conversan a su lado. El Padre habla desde el Cielo llamando a Cristo Su Hijo amado, en quien se complace, e invita a escucharlo. El ambiente se vuelve una tentación para Pedro que sugiere hacer tres chozas y quedarse allí todo el tiempo.
Así nos sentimos cuando visitamos el Santísimo. Ante la presencia de Dios y el encuentro con Él desde lo profundo del corazón, vivimos el deseo de que el momento nunca termine. Nuestra vocación cristiana se fundamenta en la revelación del amor de Dios a través de Jesús. Dejémonos transfigurar por Él oyendo y siguiendo su voz.
Alimentemos nuestra fe con experiencias de oración perseverantes pero sobre todo en momentos de intimidad con Dios. Hablemos en la tranquilidad de nuestra habitación, y conversemos con Dios “de tú a tú”. Nuestra vida no le es ajena a Dios. Él conoce nuestro interior y sabe lo que necesitamos antes de que lo pidamos, pero como buen amigo también disfruta del encuentro cercano con nosotros. Y créanme que somos nosotros los que más ganamos cuando lo visitamos con el corazón abierto, dispuestos a ser transformados por Él.
Que nuestra Madre, la Virgen de la Caridad nos ayude en esta aventura maravillosa del encuentro con su Hijo Jesús.
