El pan es un símbolo universal para referirse al alimento que precisamos para vivir; alimentarnos es una necesidad vital. No es casualidad, entonces, el que Jesucristo lo utilizara en su predicación o cuando realizaba los signos (o milagros) que permitían vislumbrar su identidad como Hijo de Dios, también lo hizo con otros elementos: convirtió el agua en vino durante las bodas de Caná, multiplicó los panes y los peces, hizo posible la pesca milagrosa y abundante…
Todos ellos apuntan a satisfacer necesidades tan vitales del ser humano como la sed y el hambre, pero en todos los casos siempre sus palabras y acciones remiten a una realidad más profunda y esencial para el ser humano que la mera satisfacción de estas necesidades físicas; en consecuencia, habla misteriosamente a sus discípulos, durante el episodio del encuentro con la samaritana, de un alimento que ellos no conocen, para luego aclararles que se refiere al cumplimiento de la voluntad del Padre que lo ha enviado al mundo; en otro momento le reprocha a la muchedumbre que lo busca con insistencia el que lo haga porque se saciaron con los panes multiplicados y no porque creen en Él. También se enfada con los discípulos que no son capaces de entender su advertencia sobre la levadura de los fariseos y solo atinan a lamentarse por la falta de los panes que olvidaron llevar para el viaje.
En consonancia con lo anterior, el Señor habla del “pan de vida”, el “agua viva”, el “vino nuevo”, del puñado de levadura que fermenta la masa de harina, la pizca de sal que da sabor a la comida y del aceite que las vírgenes prudentes trajeron consigo para mantener encendidas sus lámparas durante la espera del novio. Todos estos ejemplos, y varios más que pudiéramos mencionar, los utilizó para que sus oyentes abrieran su mente y su corazón a las realidades invisibles, pero muy ciertas, del Reino de Dios y la salvación que nos trae su instauración.
Sin duda que el pan físico y su simbolismo tienen, entre todos los demás, un papel destacado porque están vinculados a la Eucaristía que Él mismo instituyó durante la última cena con sus discípulos; de modo que, al escuchar el evangelio de este domingo, la multiplicación de los panes para darlos a la muchedumbre hambrienta nos hace pensar de inmediato en el pan eucarístico, alimento espiritual para nuestra fe, el gran regalo que dejó Jesucristo a su Iglesia. Buena oportunidad para agradecerle ese don y recibirlo con fervor, de tal manera que cada comunión sacie nuestra hambre de vida eterna y nos prepare para el encuentro cara a cara con el Señor, cuando seremos saciados en plenitud.
