Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de Pinar del Río. Domingo 9 de agosto de 2020

Queridos hijos e hijas los saludo con alegría, dándole gracias a Dios por podernos encontrar nuevamente. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis más occidental del país que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa.

Hoy los invito a reflexionar sobre uno de los pasajes del Evangelio en los que Jesús nos enseña acerca de la convivencia humana, la cual siempre ha sido un reto en todos los niveles. Jesús, consciente de ello, quiere ayudarnos a sobrellevar los desafíos cotidianos con responsabilidad. Cristo nos llama a la corrección fraterna, basada en los principios evangélicos del amor y el discernimiento. Muy unida a esta corrección hacia el hermano, está la necesidad de perdonar.

Jesús nos va indicando los pasos a seguir a la hora de enfrentar una situación de conflicto con otro hermano.

Primero hablarle a solas. Tratar de resolver el problema en privado, con la mayor discreción posible para no dañar la reputación de la persona en cuestión. Si aun así continúa la actitud incorrecta, entonces buscar dos o tres personas como testigo; y si tampoco les hace caso a ellos, entonces debe ser reprendido frente a la comunidad; resaltando aquí el valor de la comunidad. No nos cansemos en el primer intento. Es necesario dar siempre una nueva oportunidad para el cambio.

Cada intento que hagamos de corregir a aquella persona que sabemos está actuando incorrectamente, es una oportunidad para que reaccione y se convierta.

Pero la importancia de la comunidad se reafirma en los versículos finales: Allí donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estaré yo en medio de ellos. Donde dos o tres comparten los sufrimientos y alegrías del otro y lo presentan ante Dios, Él se hace presente y actúa en favor de ellos.

El pasado 20 de julio el Papa Francisco, a través de la Congregación para el Clero, lanzó al mundo la Instrucción Pastoral llamada “La conversión pastoral de la comunidad parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia”. Ella es una invitación a las comunidades parroquiales a salir de sí mismas….y orientarlas a un estilo de comunión y de colaboración, de encuentro y de cercanía, de misericordia y de solicitud por el anuncio del Evangelio.

La parroquia es la casa que anuncia la presencia de Dios entre nosotros. Es en la comunidad parroquial donde el pueblo de Dios comparte la fe y la Buena Noticia del Evangelio se acerca al pueblo.

La parroquia está llamada hoy a acoger los desafíos de los tiempos presentes, adecuar su propio servicio a las exigencias de los fieles y de los cambios históricos…. Para redescubrir la vocación de cada bautizado a ser discípulo de Jesús y misionero del Evangelio.

Estas palabras deben resonar en nuestro interior. Estas palabras están dirigidas a mí, como sacerdote y Obispo, y a ti como laico comprometido, como hijo de Dios desde el día de tu bautizo.

Ser comunidad cristiana no es solo participar en la Santa Misa cada domingo. Es hacer del templo mi casa, donde he nacido a la fe, donde alimento mi espíritu con los sacramentos, donde descubro la vida de mi hermano que necesita de mí. Tal vez, sólo necesita mi sonrisa, mi saludo, mi presencia para que él no se sienta solo, pero quizás necesita mucho más: mi tiempo, mi sacrificio, mi testimonio.

Ser comunidad cristiana no es tener una balanza en la mano para ver hacia qué lado se inclina cuando se trata de levantar o condenar al que ha caído. Es tener las manos libres de las cosas del mundo para poder extenderla y ayudar a elevar nuevamente a su dignidad humana a quienes se sienten desposeídos de ella.

Pero estas actitudes no debemos dejarlas sólo para la vida parroquial. ¡Qué mejor lugar que la familia para reunirnos en nombre de Dios y presentarle a este miembro que necesita más que nunca sentir que no está solo! Que ha fallado, pero que tiene un hogar donde lo esperan para volver a comenzar.

Llevémoslo también a la sociedad en general. ¿De qué nos sirve dar lecciones públicas de escarmiento cuando no se erradican las causas que promueven estas acciones negativas? ¿Por qué a veces sentimos que lo que se aprende en la casa o en la escuela se queda sólo en la teoría y cuesta tanto trabajo llevarlo a la práctica? ¿Qué pasa con los valores que deben estar en la raíz de cada ser humano? ¿Por qué escuchamos tanto hablar de la búsqueda a personas con las que convivimos y a quienes tenemos por honradas?

Que la situación económica no dañe nuestra dignidad. Que sepamos vivir con honestidad y coherencia con los valores transmitidos por las generaciones anteriores. Que seamos capaces de respetar las iniciativas de quienes se esfuerzan por construir un futuro mejor para todos.

Seamos comunidad en la familia, la sociedad, la Iglesia. Capaces de ver a los otros como hermanos, con virtudes y defectos como todos tenemos, pero con deseos también de caminar hacia adelante. Aprendamos a perdonar y a no lanzar críticas destructivas, sino constructivas. A ser humildes y reconocer nuestros errores, a ser tolerantes a la opinión de los demás para que no tengan que recurrir a la presencia de la comunidad para solucionar el problema. Y a tener seguridad en la presencia de Dios en medio nuestro; invitémoslo a ser parte de nuestros planes, de nuestra vida. Confiemos en Dios, siempre.

Que María de la Caridad, nuestra Madre, nos ayude a tener una fe como la de Ella, capaz de mantener unidos a los discípulos después de la crucifixión, confiando siempre en las promesas de su Hijo.

Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la Diócesis de Pinar del Río.

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