Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 9 de agosto de 2020

En la mentalidad de muchos pueblos de la época en que vivió Jesús, el mar era un lugar habitado por fuerzas malignas; las tempestades, los monstruos marinos (reales o legendarios) eran una prueba de esa hostilidad, que el ser humano era incapaz de dominar porque rebasaba sus limitadas fuerzas y lo ponían en constante peligro de perder la vida.

En el episodio de hoy, al igual que en el de la tempestad calmada (Mt 8, 23-27), Jesucristo aparece ante sus discípulos como quien tiene poder para ordenar a la furia del viento y las olas que se calmen, y lograrlo en el acto; por eso es lógica la pregunta que se hacen los discípulos en el relato del capítulo 8: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar lo obedecen?” Ahora, en el relato de este domingo, dan un decisivo paso adelante: “Realmente eres Hijo de Dios”. No es que llegasen a aceptar claramente la divinidad de Jesús, pero, al menos, se dan cuenta de que su Maestro tiene unos poderes que solo pueden venir de Dios; falta mucho todavía, en tiempo y experiencia de fe, para que comprendan la verdadera identidad de Jesucristo, pero van por buen camino.

No es casualidad, por tanto, el que, en ambos evangelios, Jesús reproche la poca fe que tienen en Él, ya sean todos los discípulos (como en el primero), o Pedro (en el que se nos propone hoy); porque se trata, precisamente, de eso, de fe en el Señor, de confianza en su amor que nunca nos deja desprotegidos ni a merced de los vaivenes de la vida. No estamos solos, abandonados a nuestra suerte, en la barca de la vida: el Señor Jesucristo viene con nosotros en este viaje, y Él no es un simple pasajero más, sino es el Señor, o sea, quien tiene el poder absoluto sobre todo lo que existe. Por esto sus palabras también son de aliento y esperanza: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!”.

Muchos de nosotros hemos experimentado, en primera persona, la furia del viento y el mar, y su recuerdo lo tenemos muy cercano. Todos hemos pasado, además, por las tormentas de la vida: sufrimientos, fracasos, enfermedades, muerte de seres queridos… En medio de todas ellas nunca olvidemos que el Señor está junto a nosotros y que, aunque, como a Pedro, el miedo nos domine y comencemos a hundirnos, siempre estará su mano firme para sacarnos fuera.

Como un complemento maravilloso para el evangelio de hoy, les propongo meditar el final del capítulo 8 de la carta a los romanos, versículos 35 al 39, y hacer oración con el conocido Salmo 40, en particular, los versículos del 1 al 11.

Deja un comentario