Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 16 de agosto de 2020

No sé si es una característica de nuestra condición humana o solo se manifiesta en determinadas circunstancias, pero con mucha frecuencia y en todos los ámbitos de la vida, aparece lo que pudiéramos llamar la tentación del exclusivismo; en otras palabras, la usual tendencia a encerrarse en el grupito, formar lo que llamamos “piñita” y constituirse en un conjunto de elegidos del cual, por supuesto, queda excluido el resto de las personas. Un rasgo distintivo de estos grupos lo constituye el hecho de que consideran como su patrimonio la verdad, la justicia, la razón y un largo etcétera; en definitiva (convencidos de que tienen todo el derecho del mundo), se los apropian.

El Evangelio que se nos propone hoy en la liturgia de la Palabra, es un ejemplo evidente de lo anterior: para la mayoría de los judíos de entonces, la salvación y las bendiciones de Dios solo beneficiaban a los miembros del pueblo escogido, es decir, el pueblo de Israel; los paganos, o sea, el resto de las naciones, no tenían derecho a ello. Ya en varios textos del Antiguo Testamento se afirmaba la universalidad de la salvación y la misericordia de Dios (una muestra conocida es el libro de Jonás), pero la convicción dominante era la de lo contrario.

Jesús, en este pasaje de hoy muestra una dureza increíble y un comportamiento contradictorio con la médula del mensaje que predicaba: las fuertes palabras que dice a la mujer cananea (que por tanto, no era israelita), contrastan con la misericordia y el amor de Dios por todos sus hijos, en los cuales insiste una y otra vez cuando habla a la muchedumbre y a sus discípulos. Es un Jesús desconocido, que hace suya la idea de que Dios es solo para los israelitas, utiliza el calificativo de “perros” que, comúnmente lleno de desprecio y asco, se utilizaba para referirse a los paganos, porque los consideraban llenos de pecado y lejos del Dios verdadero. En verdad, a primera vista, este Evangelio nos escandaliza y llena de confusión.

Sin embargo, hacer una lectura más profunda y atenta aclarará el panorama y nos posibilitará comprender las verdaderas intenciones de Jesucristo al comportarse y hablar de esta manera.

La clave está en la frase final de Jesús a la mujer cananea y la subsiguiente curación efectiva e inmediata de su hija enferma: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas”; es decir, el Señor reconoce la fe profunda de la cananea en Dios y en el propio Jesús (a quien llamó Hijo de David, como también hará más adelante el ciego Bartimeo, por ejemplo), y por esta razón, realiza la curación de la hija; de manera que, explícitamente, está mostrando a todos los presentes, entre ellos a los discípulos, que lo decisivo es la fe en Dios con independencia total de la raza, procedencia social, género y demás especificaciones. Con aquella mujer extranjera, pagana, ha realizado un milagro equivalente a los que hizo con tantos israelitas, y por consiguiente miembros del pueblo elegido de Dios, todos con el único requisito indispensable de la fe.

Jesús no hizo otra cosa que adoptar, en apariencia, la mentalidad y la actitud de la gente de su época, incluyendo a los que tenía en ese momento a su alrededor, para demostrarles después, con un hecho concreto, la curación de la hija de la cananea; que la salvación, la misericordia y el amor de Dios no son privilegios concedidos a unos pocos elegidos, sino que abarcan a toda la humanidad.

Hermanos: el pronunciado pluralismo del mundo actual ha hecho surgir, como reacción, corrientes extremadamente exclusivistas, cerradas en sí mismas, con una visión rígida de la vida (como si ésta fuera solo en blanco y negro), sin matices. Pretenden monopolizar la verdad y niegan el acceso a ella a quienes no son sus seguidores, y esto ocurre en todos los espacios vitales, desde lo religioso hasta lo político, incluyendo la economía. Nosotros, cristianos, nunca debemos olvidar que un calificativo esencial de la Iglesia es su catolicidad, es decir, su universalidad, en cuanto su misión y su mensaje están dirigidos a toda la humanidad; no podemos dejar de ser una Iglesia de puertas abiertas para todo el que desee acercarse y, más todavía, ir al encuentro dondequiera que estén, de los hombres y mujeres que habitan este mundo. Las palabras finales del Resucitado a los apóstoles son muy gráficas al respecto: «Vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación».

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