Por Maite Pérez Millet*
“La caridad nos urge de tal manera que no podemos rechazar el trabajo: consolar a un triste, ayudar a un pobre, un enfermo que visitar, un favor que agradecer, una conferencia que dar; dar un aviso, hacer una diligencia, escribir un artículo, organizar una obra, y todo esto añadido a las ocupaciones de cada día, a los deberes cotidianos…” P. Alberto Hurtado, Sj
Cuando leí esta frase de San Alberto Hurtado, regalo del buen amigo el P. Escolástico, Sj, sentí una fuerte conexión con el venerado santo y recordé una expresión que he usado en conversaciones con amistades, compañeros de trabajo y hasta familiares: “en la vida hay que hacer la zafra y todo lo demás”. Y aunque nunca me tocó ir a la zafra –sí a recoger café- la expresión que uso se sostiene en la misma idea que es esencia en la del P. Hurtado: hay cosas en la vida que no pueden esperar a que nos sobre el tiempo y el servicio al prójimo es una de ellas. Con mucha frecuencia sucede que condicionamos nuestra respuesta para servir a circunstancias ideales, o a situaciones que una vez sucedan nos dejarán libres para… La verdad es que la desmotivación, la comodidad, el miedo, la inseguridad, el no discernir y escuchar a Dios, encaprichándonos cuando de elegir el camino del compromiso se trata, son algunas de las razones que están detrás de no responder a las necesidades de servicio que nos rodean. ¿Cómo habría sido la historia humana si Jesús hubiera puesto condiciones ante tantos enfermos por sanar, vidas que salvar, injusticias que combatir? ¿“Espérate” es la respuesta de Jesús que hemos recibido cada vez que lo hemos necesitado? ¿Es el discipulado un camino de remilgos, comodidades y condiciones, o un entregarse y disponerse sin reservas? Un dar hasta que duela.
Aprender a dar sin límites puestos por nosotros, es crecer cada día en desapego de todo lo que me aparta del Amor de Dios –fuente de vida-, eligiendo poco a poco solo aquello que me hace sentir comunión con el Espíritu de Jesús. Quebrarnos en nuestras más fuertes seguridadesprovenientes del ego, regalar generosamente aquello que más nos importa, abandonarnos confiadamente al cuidado y guía del Espíritu Santo, a fin de pensar en nosotros en la misma proporción que pensamos en las otras personas. Ni más, ni menos. Dios nos ama a todos y el primer servicio al que estamos llamados es con nosotros mismos. Cuidar nuestro crecimiento espiritual, la salud del cuerpo y alimentar proyectos de vida trascendentes que nos conecten con Dios y el prójimo.
Hay que cambiar los espejuelos, mirar con los ojos de Dios. Dejarnos interpelar por el pedido de ayuda que emerge silencioso de la viejita, o el viejito, que pasa por nuestro lado con una bolsa pesada, y a los cuales para ayudar tenemos que desviarnos un poco de nuestro camino. Hay que dejar el extra en el terreno cuando ya hicimos mucho durante todo el día y se nos pide un poco más para que quede lo mejor que se pueda. Hay que dejar que sea Dios quien nos ponga los límites, las condiciones, los tiempos, los momentos, las circunstancias, los ideales, que al modo de nuestro Santo Padre, siempre serán contra toda lógica defendida por la inteligencia y los poderes humanos. Seguir a Jesús es que comience a circularnos por las venas la disposición de darnos, de regalarnos, de entregarnos, cual pan y vino –cuerpo y sangre de Cristo- en la última cena. No se trata de desvestir a unos santos, para vestir a otros, es asumir en todo momento y como parte de nuestro camino de vida cristiana, un andar con espíritu de servicio.
*Comunidad Sagrada Familia. Diócesis Santiago de Cuba. Centro Loyola Santiago de Cuba.
