Queridos hijos e hijas los saludo con alegría, dándole gracias a Dios por podernos encontrar nuevamente. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis más occidental del país que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa.
El evangelio que acabamos de escuchar nos cuestiona en dos direcciones. En un primer momento podríamos preguntarnos por qué las jóvenes previsoras no quisieron compartir el aceite que tenían. Quizás podríamos creer que han sido hasta un poco egoístas con sus compañeras. Sin embargo, aquí aparece la segunda dirección de nuestra reflexión, el aceite es signo de las acciones que realizamos durante la vida. Es la luz que nos permite iluminar nuestra existencia. Y las obras que realizamos no las podemos distribuir a los demás.
Por mucho que yo quiera a una persona no puedo entregarle a ella mis horas como catequista, esas son sólo mías. Aunque quiera ayudar a mi hermano, no puedo cederle a él el tiempo que he dedicado para visitar un enfermo. Ese es mi aceite, y es el que me permite tener encendida mi lámpara cuando llegue el momento de mi banquete final.
Cada uno de nosotros ha sido creado con unos carismas especiales. No todos podemos cantar, pero los que lo hacen pueden dirigir su canto para alegrar la vida de los demás. No todos podemos pintar, pero los que pueden hacerlo contribuyen a la belleza del entorno que nos rodea. Y así cada uno de nosotros puede ir descubriendo los dones con los que ha sido creado y ponerlos al servicio de los otros.
Si conocemos que tenemos la gracia de la inteligencia, pero preferimos no estudiar o dejarlo para más adelante, entonces somos como las jóvenes que no prepararon su aceite de reserva. Cuando llega el novio las lámparas se han apagado y en lo que van a buscar más, el novio entra al banquete y ya después no las conocerá.
Así podríamos nombrar infinidad de situaciones en la vida de las personas, porque muchas veces dejamos que nos venza la pereza, la comodidad, ponemos miles de justificaciones para llevar una vida fácil, sin sacrificios por el otro, para no buscarnos problemas.
Hoy hemos querido dedicar el programa a los laicos. Ellos son sembradores del Evangelio, dando testimonio de Cristo y construyendo el Reino en los ambientes en que se desarrollan.
Cada vez que un cristiano actúa en consecuencia con la fe que profesa, está acumulando aceite para su lámpara.
Pidamos por nuestro laicado, por todos aquellos que viviendo en sencillez y radicalidad su compromiso bautismal, se esfuerzan por ser coherentes con las enseñanzas del Maestro.
Sembremos esperanza y alegría en medio del pueblo. Enseñemos a los demás que la vida puede ser asumida de una manera diferente, sin egoísmos ni rencores. Amando a la manera de Dios.
Que la Virgen de la Caridad nos anime en este camino de entrega y compromiso, Ella que siempre mantuvo encendida su lámpara, sea modelo a seguir por todos nosotros.
