Queridos hijos e hijas los saludo con alegría, dándole gracias a Dios por podernos encontrar nuevamente. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de la diócesis más occidental del país que ocupa los territorios de las provincias civiles de Pinar del Río y parte de Artemisa.
Nos encontramos celebrando la novena en honor a la Virgen de la Caridad, este año de una manera distinta, pues desde hace meses sufrimos la presencia del nuevo coronavirus entre nosotros. Sin embargo, esto no nos imposibilita demostrarle a la Madre de todos los cubanos cuánto la amamos y agradecemos, al contrario. En estos tiempos tan difíciles nos acercamos mucho más a ella.
El evangelio que hemos escuchado hoy nos presenta a María haciendo galas de su generosidad y disposición partiendo hacia la casa de su prima Isabel pues conoció que ésta estaba embarazada. María también llevaba en su vientre al Salvador de la humanidad, sin embargo, dejando la estabilidad de su hogar, parte a toda prisa a acompañar y brindar su apoyo a quien estaba en una situación más difícil que ella por ser de edad avanzada. De Nazaret hasta las montañas de Judá son ¡más de 100 kilómetros! No había guagua, ni carro, ni camión, ni tren.
Ocurre ahora un encuentro extraordinario entre estas dos mujeres: Isabel, quien representa el Antiguo Testamento cede su lugar al Nuevo Testamento representado en la Virgen María. En medio de esta escena, el Espíritu Santo se manifiesta haciendo que el niño en el vientre de la anciana salte de alegría ante la presencia de Dios. La Buena Nueva de Dios revela su presencia en una de las cosas más comunes de la vida humana: dos mujeres de casa visitándose para ayudarse. Visita, alegría, embarazo, niños, ayuda mutua, casa, familia: es aquí donde Lucas quiere que las comunidades (y nosotros todos) perciban y descubran la presencia del Reino. Las palabras de Isabel, hasta hoy, forman parte del salmo más conocido y más rezado en todo el mundo, que es el Ave María.
Isabel hace una profunda profesión de fe exaltando y bendiciendo a la Virgen y a su Hijo: Feliz la que ha creído que se cumplieran las cosas que le fueron dicha de parte del Señor. Es el recado que llega también hoy a nuestras comunidades cristianas: creer en la Palabra de Dios, pues tiene la fuerza de realizar aquello que ella nos dice. Es Palabra creadora. Engendra vida en el seno de una virgen, en el seno del pueblo pobre y abandonado que la acoge con fe.
Es un elogio que anima a la joven de Nazaret y la mueve a expresar más adelante el Magníficat, alabando y agradeciendo a Dios por la grandeza y el amor con que trata a los humildes de corazón.
Hoy nosotros somos testigos de esa escena que se reproduce en la actualidad en cada brazo extendido para socorrer a un hermano. En cada persona que reconoce la presencia de Dios en medio de las dificultades de este tiempo.
Estamos viviendo una época muy difícil, pero eso no nos puede dañar como personas. Que en medio de esta crisis, nuestra humanidad sobresalga.
Cuba se prepara para la fiesta de la Virgen de la Caridad. La misma joven que salió a toda prisa a la montaña, apareció en nuestras aguas hace poco más de 400 años para mostrarnos la cruz y su Hijo.
La vida humana está marcada por el sufrimiento, pero debemos vivirlo cristianamente, es decir, viéndolo como la posibilidad de completar lo que le falta a la Pasión de Cristo. Carguemos nuestras cruces diarias con la certeza de que son el camino que nos alcanzan la salvación eterna. Pero no lo hagamos de modo conformista, o porque creamos que no tenemos otra opción. Cargar la cruz significa también comprometerse con la realidad y colaborar para cambiarla. Por encima de todo Dios quiere que el hombre sea feliz, que viva dignamente.
Pidamos a la Virgen de la Caridad que nos enseñe a ser servidores de los hermanos y a aprender a abandonarnos en las manos de Dios con la confianza de los hijos hacia su Padre. Y aprendamos también de Isabel a estar dispuestos a acoger las sorpresas de Dios con alegría y confianza, y a reconocer las cosas buenas de los demás.
