Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 6 de septiembre de 2020

Cuando vivimos en una comunidad de cualquier tipo, encontraremos siempre fallos, errores y pecados en el actuar de aquellos con quienes convivimos, sin olvidar tampoco los que cometemos personalmente. Una de las acciones más difíciles y, a la vez, menos practicada es la que en el lenguaje tradicional de la Iglesia se conoce como “corrección fraterna”: el sustantivo y el adjetivo no se escogieron al azar, sino que expresan exactamente el significado y alcance de esta obra de caridad hacia el prójimo. En primer lugar, se trata de enmendar y rectificar la conducta del hermano que va por un camino equivocado, haciéndolo caer en la cuenta de su conducta errónea, pero, y esto no se puede olvidar jamás, debemos hacerlo desde la fraternidad, el amor y la misericordia; no se trata, por tanto, de condenar, destruir, acusar o avergonzar al otro, sino de tenderle una mano fraterna para traerlo de nuevo al camino de la voluntad de Dios.

¿Cuál es el fundamento de este modo de actuar?, pues Jesucristo nos pide imitar a Dios, en otras palabras, comportarnos con el hermano que se equivoca o llega, incluso, a pecar, como lo hace nuestro Padre del cielo con cada uno de nosotros: con misericordia. Aquí radica la dificultad y exigencia de la caridad fraterna: requiere mirar al pecador con los ojos de Dios, demanda amonestarlo amándolo y teniendo misericordia de él. La caridad fraterna exige amar a nuestro hermano, incluso cuando hace el mal, valentía para encararlo y señalarle con claridad la maldad que está cometiendo, a la amistad con Dios. No es de extrañar que, con frecuencia, ante los pecados de los hermanos, prefiramos tomar unos “atajos” menos rigurosos, más cómodos y nada comprometedores: la crítica estéril, desde lejos, sin pretensiones de ayudar al pecador, el juicio condenatorio, sin piedad alguna, o la placentera y descomprometida murmuración, o chisme, como lo conocemos vulgarmente, que ve siempre en los demás sus miserias y ayuda a esconder las propias; por supuesto, aquí no hay nada de “corrección” y, muchísimo menos, de “fraterna”.

Hermanos, el fundamento del actuar del cristiano está en el amor a Dios y al prójimo, si estos dos mandamientos guían nuestra vida, entonces, por amor al Señor e imitando su misericordia, seremos capaces de esforzarnos para que, arrepentido, vuelva a Dios y a la comunión con todos los creyentes. Ojalá que nunca olvidemos esta obra básica de la caridad cristiana.

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