Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de Pinar del Río. Domingo 13 de septiembre de 2020

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, obispo de esta diócesis de Pinar del Río.

El evangelio que acabamos de escuchar, propio de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, es una invitación a mirar la cruz y al que está en ella, Jesucristo. Si la miramos y la exaltamos, es porque ella no es lugar de dolor, de sufrimiento, sino de salvación, de solidaridad, de cercanía, de amor infinito.

“La Cruz de Jesús es la palabra con que Dios ha respondido al mal en el mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal y se queda en silencio. En realidad, Dios ha hablado y respondido; y su respuesta es la Cruz de Cristo. Una palabra que es amor, misericordia, perdón.

“Y es también juicio. Dios nos juzga amándonos: si recibo su amor me salvo, si lo rechazo me condeno. No por Él sino por mí mismo, porque Dios no condena sino que ama y salva.

“La palabra de la Cruz es la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros. Los cristianos tienen que responder al mal con el bien tomando sobre sí mismos la Cruz como Jesús”.

Así nos expresó el Papa Francisco en su homilía este Viernes Santo, y sus palabras continúan resonando en nuestros oídos, y el grito de amor de Dios al hombre lanzado desde la Cruz, retumba en nuestro corazón.

Muchos podrían preguntarnos por qué exaltamos un lugar que causó tanto dolor a Cristo, que ha sido el instrumento para una muerte horrible. Pero al mirar la cruz, cada hombre y cada mujer deben pensar que ese es el precio de su salvación. Que tanto ha sido el amor de Dios por el hombre que ha sido capaz de pagar con su Sangre nuestra libertad. Es el mensaje de Dios al hombre de que no está solo en el dolor. Que él sabe lo que estamos viviendo porque él lo experimentó mil veces peor que nosotros. Siendo inocente, siendo Dios, siendo Todopoderoso, se humilló hasta el extremo, como lo expresa el apóstol San Pablo en su carta a los filipenses. Se olvidó de su condición divina y no se bajó de la cruz, sino que estuvo allí hasta el final.

Recordemos hoy a las personas que desde su fe enfrentan situaciones duras de la vida, están al lado de los crucificados y sienten la cercanía y la compañía del Señor. Tengamos un pensamiento por tantas personas que en estos momentos están sin trabajo, sin sustento para sus familias, a riesgo de perder su casa, imposibilitados de adquirir alimentos.

Pensemos en tantas personas que en el mundo viven las crudas consecuencias de las guerras, las injusticias, los abusos y las discriminaciones. Tantos enfermos que padecen en las camas de los hospitales a causa de enfermedades terminales, cuántas familias divididas por divorcios, exilio, o por simplemente falta de tolerancia ante pensamientos diferentes. Todos ellos y muchos más que seguro ahora recordarás, están viviendo la experiencia de la cruz. Cuántos en estos días no viven la angustia como consecuencia del rebrote de la Covid-19 en nuestro país. Tú y yo también lo hacemos, puede que no desde situaciones límites, pero también vivimos escenas de dolor en nuestra vida, momentos en los que creemos que las fuerzas no nos alcanzan para continuar. Ahora es cuando más tenemos que mirar al Crucificado. Unamos nuestro dolor al de Cristo en la Cruz, completemos con nuestras lágrimas lo que le falta a su pasión.

Este martes 15 de septiembre, al día siguiente de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, es la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. No es por casualidad. En la Cruz, el Hijo no estaba solo. Como él, junto a nosotros está la Madre. La Virgen Dolorosa está al pie de la cruz acompañando a Jesús hasta el final. Con el corazón traspasado de dolor, viendo cumplirse la profecía del anciano Simeón cuando llevó 33 años atrás a su Hijo en brazos para presentarlo en el templo. ¡Cuánto sufrimiento vivió la Virgen!  Pero también, ¡Cuánta fe tenía en las promesas de Dios!

Pidámosle a María que nos enseñe a amar y a esperar de esa manera para estar siempre cerca de los crucificados de nuestro tiempo.

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