Mensaje de monseñor Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 13 de septiembre de 2020

Cuando Pedro le preguntó a Jesús acerca de la cantidad de veces que debía perdonar las ofensas que un hermano le hiciese, la respuesta del Señor fue muy elocuente: “siempre”. Para los judíos el número 7 representaba la perfección de algo, de modo que el “setenta veces siete” es una manera de indicar que no hay excepciones en la concesión del perdón. A primera vista se nos presenta como una exigencia imposible de cumplir, y pudiéramos mencionar muchos ejemplos, reales o teóricos, en los que parece muy lógico que estuviésemos disculpados de otorgarlo. Mirado desde el punto de vista humano, perdonar siempre al que nos ofende no califica como una posición realista y práctica.

Pero, si nos fijamos en la parábola que Jesús pronuncia para ilustrar su enseñanza, a continuación de su diálogo con Pedro, comprenderemos enseguida que el Señor no sustenta la obligatoriedad del perdón ni en la misericordia ni en la bondad de corazón de las personas. La razón para perdonar siempre a nuestro ofensor tiene cierto fundamento en lo anterior, sin embargo, sabemos muy bien que somos limitados, débiles, y si solo nos esforzáramos en perdonar apoyándonos en nuestra compasión personal, de seguro que llegarían un momento y unas circunstancias en los cuales sentiríamos que hemos alcanzado el límite de lo que podemos disculpar, sobre todo si se trata de una ofensa grave o continuada; “tiraríamos la toalla”, para decirlo con una frase típica del boxeo. Sobran los ejemplos conocidos de esas situaciones límite en las cuales nosotros u otras personas nos hemos dado por vencidos o llegado al colmo de nuestra tolerancia y paciencia. ¿Qué decirles a estas personas, o a nosotros, en esas circunstancias?, aquí no sirven los argumentos lógicos o las charlas moralizantes sino la respuesta que Jesucristo nos da por medio de la parábola del evangelio de hoy: “acuérdate de tu Padre Dios”, “recuerda todos tus pecados, errores y traiciones, pero, por encima de todo, cómo Dios te ha perdonado una y otra vez y sigue dispuesto a hacerlo”; es decir, la razón fundamental para perdonar siempre al que nos ofende está en Dios, no en nosotros, reside en el cómo Él se comporta cuando hacemos el mal y lo ofendemos gravemente.

Hermanos: el Señor Jesucristo nos pide imitar a Dios, el Padre misericordioso, y esto es algo imposible para nuestras fuerzas humanas; por esto necesitamos su gracia, la presencia y la acción del Espíritu Santo, que haga posible pasar por encima de nuestras limitaciones. Por ello, deberíamos pedir constantemente el don de poder perdonar como Dios lo hace con cada uno; en definitiva, es lo que suplicamos en el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden…”

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