Por. Maite Pérez Millet
Confieso que en más de una ocasión he tenido malas intenciones con el personaje de Irma, la mamá de Lía, en la novela de producción nacional “El rostro de los días”, que se está trasmitiendo lunes, miércoles y viernes por el canal Cubavisión. Si bien es cierto que el personaje representa a algunas mujeres y hombres en Cuba –y eso es lo más lamentable-, lo cierto es que Irma, es un ser humano que cometió un error con un gran costo para la vida de su hija y la suya propia.
Madre y padre, familia, los tutores oficiales de un menor, o una menor, tienen entre sus funciones, además de asegurar la satisfacción de las necesidades materiales de estos, la de transmitir afecto (muy importante), garantizar la educación y la seguridad para ellos. Un ambiente seguro, que brinde protección para niñas, niños y adolescentes, es preciso en las calles, en la escuela, en los lugares concebidos para la recreación, en el transporte público, pero sobre todo en la casa. Es en este primer espacio vital, donde nuestros menores aprenden a conocer la confianza y a crecer en ella, en seguridad de sí mismos y en los que los rodean. Aprenden a conocer y en correspondencia a confiar o no. Irma falló en sus funciones como madre y tutora de Lía.
¿Hay un futuro de vida en pareja para Irma? Siempre dependerá de la decisión de las “Irmas” que existen. Apegarse al miedo y la desconfianza, no cambiará lo que ya pasó, ni lo sanará, por el contrario, vivir en la paranoia será el recuerdo permanente del error cometido y la perpetuación de la creencia de que les puede volver a suceder. Para continuar adelante, hay que proponerse vivir procesos de perdón y reconciliación con sus hijas/hijos y más importante, con ellas mismas. Aprender a escuchar a nuestros menores, prestar atención a sus señales y vivir las relaciones de pareja sin diluirnos en la otra persona, al punto que todo lo demás se nos pierde de vista.
El error humano es “pan nuestro de cada día” mientras tenemos vida, pero ¡cuidado!, algunos errores cuestan vidas humanas, a veces literalmente y otras, de forma simbólica.
Comunidad Sagrada Familia, Centro Loyola Santiago de Cuba*
