Queridos hijos e hijas: durante esta semana XXV del Tiempo Ordinario estaremos escuchando mayormente el evangelio según san Lucas, capítulo 9. En este texto podemos descubrir escenas de la vida de Jesús en las que toca radicalmente el tema de su identidad y la identificación de cada cristiano. Nos habla sobre la filiación que existe con quienes escuchan y cumplen la voluntad de Dios, sobre el desprendimiento de las cosas del mundo para poder salir a misionar, sobre lo que dice la gente de Él y lo que dicen los discípulos, y nos anuncia que está a punto de ser entregado en manos de los hombres.
Toda una vida llena de signos y prodigios, inquietó a Herodes, quien sentía una extraña curiosidad por conocer a Jesús. Ya sabemos el resto de la historia de esa curiosidad. Un tiempo atrás Herodes había mandado a decapitar a Juan el Bautista, y tanto él como Herodía creían que sus problemas habían terminado, sin embargo, como el mismo Juan había anunciado, “detrás de él vendría otro de quien no era digno ni de desatarle las sandalias”. Ese era Jesús.
Por eso, entre un poco de miedo y otro tanto de curiosidad, Herodes llega a preguntar: “¿Quién podrá ser ese de quien cuentan tales cosas?”. Pero su deseo de conocer a Cristo no era sincero, cuando tuvo la oportunidad no hubo ningún cambio en su vida, su actitud fue de burla, por eso se ganó “el silencio de Dios”.
Otras personas en el Evangelio, por solo haber oído hablar de Jesús, entran en un proceso de conversión, de cambio profundo en sus vidas. Como el oficial romano, que acude a Él confiándole la vida de un trabajador, o como Zaqueo, que deja lo que estaba haciendo para conocerlo. Si realmente quieres conocer a Jesús, mira a tu alrededor.
Encontrarás a Cristo en cada minuto de tu vida porque siempre está a tu lado. Actúa en tu vida, cuando pudiendo escoger una salida fácil, te das cuenta de la acción correcta y haces opción por ella. Está también en ese momento difícil por el que atraviesas, que te ha hecho pensar que ya no puedes más, y sin embargo vas pasándolo y al mirar atrás descubres la mano de Dios en todo ello porque por sí solo no hubieras podido sobrevivir esa prueba.
Jesús pasa por nuestra vida para sanarnos de odios y rencores haciendo posible que miremos a quien nos ha causado algún daño sin desearle ningún mal y dispuestos a ayudarlo en caso necesario. Cuando nos entregamos a una causa y luchamos por ella, siendo voz de quienes no se hacen escuchar, auxiliando a un necesitado, o promoviendo la justicia social.
Esas y más acciones van conformando el perfil de los cristianos.
En estos tiempos somos nosotros los que damos a conocer a Cristo. La sociedad no ve a Jesús caminando por las calles o escucha hablar de Él presente físicamente en lugares concretos enseñando y haciendo milagros, pero sí nos ve a nosotros, y a través de nuestro modo de vida lo conoce a Él. Esa es la gran responsabilidad que tenemos sus seguidores. Según como sea nuestra actitud ante la vida, nuestra forma de expresarnos con los demás, la relación que seamos capaces de entablar con quienes nos rodean en la cuadra, la cola, la escuela, la comunidad cristiana, lograremos sembrar curiosidad en la gente sobre Quién nos mueve a actuar así. Nuestra vida no puede ser igual al resto de la sociedad porque tenemos el tesoro de la fe en un Dios que se ha bajado de su condición divina y haciéndose hombre ha padecido los mayores sufrimientos, para que todos los que miremos la Cruz, descubramos el sentido del Amor de Dios.
Que María de la Caridad, testigo de Cristo, quien escuchó y cumplió la voluntad del Padre, nos ayude a vivir teniendo a Jesús en el corazón.
