Dios no deja nunca de asombrarnos. Nosotros, aferrados a nuestros caminitos trillados e ideas de moda, nos desconcertamos cuando el Señor sale por donde menos lo esperábamos y pone en entredicho nuestras certezas humanas. En el profeta Isaías, primera lectura de hoy, Dios lo dice con una claridad meridiana: “mis caminos no son los caminos de ustedes…”
La parábola que Jesús cuenta en el evangelio de este domingo viene a ratificar lo anterior, en este caso al referirse a la bondad divina y su, para nosotros, inexplicable modo de actuar. Abundantes ejemplos bíblicos encontraremos, en particular en los evangelios, que nos recuerdan esa sobreabundante bondad y misericordia de Dios, que se fija en quienes no cuentan para nadie, en los más insignificantes y despreciados, para hacerlos objeto de su amor y compasión. Sin duda, el más relevante de todos es el propio Jesucristo, porque Él, el Hijo de Dios, vino a salvarnos por la entrega de su vida en la cruz “siendo nosotros todavía pecadores…”, es decir, cuando no había para nosotros ninguna esperanza y estábamos irremisiblemente condenados, como recuerda San Pablo en la Carta a los romanos, en los comienzos del capítulo 5. Podemos entender así las palabras y actitudes de Jesús hacia los pecadores y los marginados de su época: leprosos, enfermos, viudas, huérfanos, y otros más, que, por cierto, fue causa de constantes enfrentamientos con los fariseos y maestros de la Ley, escandalizados por lo que consideraban un comportamiento indigno de un judío piadoso.
La parábola de hoy nos invita a renunciar a la pretensión de encasillar a Dios en nuestros esquemas mentales limitados, a no intentar ponerle límites a su amor misericordioso, sino, al contrario, alegrarnos cuando somos testigos, ya sea en nuestra vida personal o en la de otros, de su desbordante bondad que, a diferencia de lo que hacemos con frecuencia en la vida, nos da sin que hayamos hecho nada para merecerlo. Viene a decirnos, en resumen, que “así es Dios, y no pretendas cambiarlo, porque Él es el Señor…” Las palabras finales del dueño de la viña al jornalero de la primera hora, que se siente estafado al haber recibido el salario justo de un día de trabajo, porque esperaba, además, un plus por encima de los últimos en llegar, están dirigidas a todos nosotros, oyentes de esta parábola: “¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno…?”; o sea, ¿continuaremos encerrados en nuestras cortas ideas, o seremos capaces de alegrarnos, junto a Dios, por la salvación de quienes parecían perdidos sin remedio? La pelota está en nuestro lado de la cancha, ¿cuál es tu respuesta al Señor?
