Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de Pinar del Río, para la semana del 27 de septiembre al 3 de octubre de 2020

Queridos hijos e hijas. Soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río. Hoy me dirijo nuevamente a ustedes agradeciéndoles a todos los que han rezado, llamado o escrito, manifestando su cercanía ante la experiencia de aislamiento preventivo que viví en días pasados. Gracias a Dios, hemos podido volver a la “cotidianidad relativa” a la que nos ha llevado el nuevo coronavirus durante este año.

En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús nos vuelve a dar una lección de humildad. Sobre este valor escucharemos también el viernes de esta misma semana cuando nos recuerda que el más importante en el Reino de los Cielos es el que se vuelve pequeño como un niño.

Hoy la escena se desarrolla en medio de una discusión de los discípulos sobre quién de ellos era el más importante. Todos querían ser los primeros en la fila, los puestos como ejemplo ante los demás, los señalados como personas escogidas y relevantes. Querían ser reconocidos y respetados por la posición que ocupaban en la lista de Dios.

Jesús aparece  para esclarecer la situación de una manera desconcertante para sus seguidores: Un niño es tomado como ejemplo y viene acompañado de unas palabras que se ganan el silencio de quienes increpaban: “Porque el más insignificante entre todos ustedes, ese es el más importante”.

La lógica de Dios no es nuestra lógica. El anhelo de ser el más grande se alcanza haciéndose el más pequeño. Para que no haya duda Jesús lo escenifica: el niño es colocado a su lado. “Quien lo recibe, recibe a Cristo y por lo tanto recibe a quien lo ha enviado”.

Muchas veces nosotros también queremos ser recompensados, reconocidos, alabados. Nos molestamos cuando se destacan las virtudes de un compañero de trabajo o un amigo de la comunidad o un familiar que sobresale por sus méritos personales. En ocasiones no somos conscientes de cuánto daño puede causarnos la envidia o los celos que estamos alimentando en nuestro corazón. Dios nos pide que seamos humildes. Que no es guardar silencio o ser sumiso o vivir con baja autoestima creyéndonos insuficientes.

En el sitio web catholic.net, el alma del hombre siente una irresistible inclinación a alcanzar un elevado ideal, un algo superior y elevado, por eso el hombre aspira a la grandeza. Para ello puede escoger entre dos caminos: uno es el de la soberbia, que siguieron los ángeles rebeldes, Adán, algunos filósofos y tantos hombres que se dejaron arrastrar por el orgullo. El otro camino es el de la humildad, por el que el hombre, como María y como Cristo, es ensalzado por Dios: “Porque miró la humillación de su esclava”. “Dios ensalza a los humildes y derriba a los soberbios”. “El que se humilla será ensalzado, el que se ensalza, será abatido”.

La humildad se fundamente en la verdad y la justicia. Ella no viene a negar cualidades verdaderas, sino a hacer fructificar los talentos.

Jesús nos invita a “ser humildes unos con otros”. Aceptamos esta invitación cuando estamos dispuestos a recibir la corrección fraterna de otra persona ante una acción negativa que hayamos cometido. Todos somos pecadores, reconocerlo es un buen ejercicio para crecer en humildad.

Aprendamos de los demás y reconozcamos que estamos aprendiendo de ellos. Aceptar nuestras limitaciones no nos humilla sino que nos ennoblece.

Seamos sencillos en el hablar, en el escribir, naturales en el trato a los demás, en la familia, entre los hermanos, siendo conscientes de que caminamos a un mismo nivel con nuestros semejantes. Nuestros logros, virtudes y carismas, siempre es mejor que sean los demás los que los resalten a que sean pregonados por nosotros mismos. Pero tampoco vivamos esperando siempre el reconocimiento de los demás. Seamos libres, no solo con el pensamiento sino también en el actuar. Aprendamos a conocernos con nuestras virtudes y defectos, y vivamos haciendo el bien, poniendo esas virtudes al servicio de los demás y tratando de dominar los defectos para no causar daño a quienes nos rodean. Humildad ante Dios es un reconocimiento de la realidad de nuestro ser, de nuestra vida y de nuestros actos.

Los invito a recurrir a la oración para que el Señor nos conceda esta gracia. Orar de rodillas es una de las formas de reconocernos pequeños ante Dios. Saber que nuestras fuerzas y capacidades tienen límites, y aunque muchas veces creamos tener el control de la situación no es así. Dios está por encima de ello.

En estos tiempos de pandemia, esa es una de las lecciones que debemos aprender. El reconocer que ponemos nuestro esfuerzo y nuestro afán, pero que es el Señor quien pone todo lo demás.

Pidamos a Dios que nos ayude a hacernos pequeños ante los ojos del mundo, a esforzarnos por servir a quienes lo necesitan más que en buscar reconocimientos y condecoraciones. Recordemos que al final de nuestra vida, cuando hayamos hecho todo lo que se nos ha pedido, podremos decir: “Siervos inútiles somos, hemos hecho solo lo que debíamos hacer”.

Que María Santísima, la joven humilde y sencilla de Nazaret, nos enseñe a ser como ella, para que Dios pueda mirar con bondad nuestra pequeñez.

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