Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 27 de septiembre de 2020

La parábola de los dos hijos, del evangelio de este domingo, ilustra bien la frase final del evangelio de la semana pasada: “los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos”; refiriéndose a la situación contradictoria en la que los israelitas, el pueblo escogido por Dios y depositario de las promesas de salvación, sin embargo, no recibió en su totalidad, a Aquél en quien precisamente esas promesas de salvación se cumplieron a plenitud: Jesucristo el Salvador. Sobre todo entre las autoridades religiosas de Israel y los observantes más estrictos de la Ley de Dios, los fariseos, la actitud que prima ante la persona y el mensaje de Jesús es, como mínimo, la del recelo y, en muchos casos, la crítica feroz y el rechazo.

Uno de los puntos de fricción más frecuente entre Jesús y los fariseos y maestros de la Ley fue la actitud de cercanía de éste con aquellos considerados ejemplos típicos de pecadores, alejados de Dios sin remedio: los cobradores de impuestos, o publicanos, las prostitutas y también la inmensa muchedumbre de los más pobres y marginados, como los leprosos, por ejemplo, que no cumplían, por diversos motivos, entre ellos la ignorancia, con los preceptos de la Ley de Moisés. Para un estricto observante de la Ley, estas personas estaban manchadas por el pecado y eran incapaces de salir de esta situación, por esto, acercarse a ellas, peor aún, visitar sus casas y compartir con ellos la mesa, significaba quedar manchado por sus pecados. Podemos así entender las numerosas ocasiones en que los fariseos, entre otros, se escandalizaron ante la familiaridad del Señor con este tipo de personas y lo criticaron abiertamente, incluso a través de preguntas, llenas de indignación, al grupo de los discípulos. La opinión que se hicieron de Jesucristo fue, ciertamente, muy negativa, y Él tenía perfecto conocimiento de ella, porque la menciona en varios momentos de su predicación.

Detrás de esta aparente radicalidad en la vivencia de la fe entre los fariseos y autoridades religiosas de Israel se escondía, sin embargo, la dureza de corazón, la incapacidad de renunciar a los esquemas rígidos y a las costumbres establecidas, todo lo cual, en consecuencia, los hacía practicar una religión que olvidaba lo principal: Dios y el prójimo, para centrarse en el cumplimiento obsesivo de los más insignificantes mandamientos y prescripciones. Olvidaban que la Ley de Dios fue establecida para ayudar al ser humano a encontrarse con su Creador, no para constituirse en una carga insoportable, carente de misericordia y compasión. Aquí se encuentra la contradicción que nos muestra la parábola de hoy: quienes, en primer lugar, por ser los guías religiosos de Israel y los consagrados a la meditación de la Ley sagrada, debían haber escuchado y recibido con docilidad la predicación de Juan el Bautista y, todavía más, la de Jesús, el Salvador enviado por Dios, han endurecido, por el contrario, su corazón y se han hecho sordos y ciegos, porque no quieren arrepentirse y cambiar de vida. Sin embargo, los pecadores, pues lo eran realmente, recibieron con alegría el mensaje que se les anunciaba y se convirtieron al Señor. De esta forma, los últimos han sido los primeros, y los primeros los últimos. Los pecadores, los últimos, han tomado la delantera a aquellos que se suponía debían ir en los primeros lugares en cuanto a la cercanía y al cumplimiento de la voluntad de Dios.

Hermanos: con Dios no valen privilegios adquiridos ni títulos o lugares alcanzados; ante Él lo que cuenta es la sinceridad de corazón y la autenticidad de la vida de fe. Constantemente tenemos que convertirnos y retomar el camino del bien, no pensemos nunca que ya hemos logrado establecernos definitivamente en él, sino que, con humildad, reconozcamos nuestra debilidad y, sobre todo, dejémonos sanar por la misericordia de Dios, que está siempre dispuesto a perdonarnos y ayudémonos mutuamente en este caminar hacia el encuentro del Señor.

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