Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruíz, sj. Obispo de Pinar del Río. Semana del 4 al 10 de octubre de 2020

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruiz, obispo de esta diócesis de Pinar del Río.

Hoy compartimos un fragmento del Evangelio donde se habla de la insistencia y perseverancia. Jesús nos recuerda cómo debe ser nuestra oración y nos enseña una vez más a confiar en Dios. Toda petición y llamada será atendida. Eso sí, al modo de Dios, que no siempre coincide con la voluntad del ser humano, pero que llega hasta donde no podríamos imaginar. La respuesta será siempre en forma de buenas cosas, o como dice San Lucas: “en la entrega de lo mejor: el Espíritu Santo”.

Muchas veces, y sobre todo en estos tiempos tan difíciles, al no ver las soluciones inmediatas a nuestros problemas, creemos que Dios no nos escucha o no le importamos. ¿Cuántas veces nos vence el desespero ante una intensión presentada durante años y que no vemos el resultado? Pero el tiempo de Dios no es como el de los hombres. Ni su sabiduría es como la nuestra, es superior.

Una anécdota describe a un niño pequeño que observaba el bordado de su madre desde abajo y no era capaz de percibir la belleza de aquel trabajo, sin embargo, al mostrarle su madre la parte frontal del bordado, el pequeño pudo contemplar con gozo unas hermosas flores. Así nos pasa a nosotros muchas veces. Vemos la vida por la parte de abajo, donde las costuras no son claras y todo parece abstracto y descuidado. Pero Dios la observa con toda su belleza.

Podríamos también asociar nuestra realidad con aquella persona que contempla un cuadro tan de cerca que solo alcanza a mirar los pixeles de la obra, pero al alejarse puede disfrutar de una magnífica pintura.

Puede que así esté tu vida hoy, que solo veas los puntos que conforman tu cuadro y creas que ahí se acaba todo, que no hay nada más allá porque no eres capaz de verlo. A veces necesitamos dar tiempo y alejarnos un poco para poder ver el cuadro en su totalidad. Así nos daremos cuenta que esos puntos que veíamos tan cerca no eran más que una parte del todo. Que por sí solos nos duelen, nos agobian, nos desesperan, pero que también son necesarios en la obra completa de la vida porque son lecciones que nos ayudan a crecer, a comprender hasta qué punto somos capaces de enfrentarnos a la realidad, a darnos cuenta de cuán fuertes somos.

Sin embargo, este camino no podemos hacerlo solos, porque entonces nos es muy difícil descubrir el reverso del bordado o la integridad de los pixeles del cuadro. Este camino tenemos que hacerlo con Dios, con la misma confianza con que los hijos pequeños se acercan a sus padres para pedirles algo.

Hablemos con Dios conscientes de que somos sus hijos. Y pidamos con insistencia, no nos cansemos de presentarle a Dios nuestros problemas, nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestros sueños.

Tú que nos escuchas, también fuiste un niño, y estoy seguro que sabías con qué entonación y cuántas veces debías pedir aquel dulce o juguete que más te gustaba para que tus padres te complacieran. Puede que no siempre se lograra adquirir, dependía de las posibilidades económicas y del bien o no que produjera en ti, pero siempre eras escuchado con cariño. Y tus padres tomaban la decisión con la sabiduría de quienes conocían lo que más convenía y lo que era realizable.

Así es Dios con nosotros. Nos educa con cariño y firmeza, forja nuestra personalidad a veces con alegría, otras quizás mordiéndose los labios aguantando sus ganas para que nosotros seamos capaces de aprender también desde el sufrimiento. Pero siempre nos escucha, y permite que las cosas ocurran porque tiene la visión completa de nuestra vida y sólo desea que el hombre sea feliz.

Que la Virgen de la Caridad, Maestra de perseverancia, nos ayude a mantenernos firmes en la confianza en Dios a pesar de las grandes tormentas de nuestra vida.

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