Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río, feliz de encontrarme nuevamente con ustedes.
El Evangelio que comentaremos hoy y que escucharemos, Dios Mediante el próximo martes, es una llamada del Señor, nuevamente, a estar atentos, listos, con las lámparas encendidas vigilando la llegada del dueño. Y ante los que se encuentran así, surge una nueva bienaventuranza: “felices los que al llegar el amo, los encuentra vigilando”.
Así nos exhorta Jesús a mantener la actitud de espera y a no dejar de confiar en que Él vendrá. Y sabiendo que vendrá glorioso al final de los tiempos, también estaremos atentos y despiertos en cada ocasión en que Él venga a nosotros, especialmente en los hermanos más pobres.
Podemos caer en la tentación de creer que si al final se salvan todos, podríamos vivir la vida a nuestro gusto y arrepentirnos al final, pues como Dios es Padre misericordioso, se hará el de la vista gorda el día del juicio e iremos todos al cielo. Otros pueden creer que haciendo una buena confesión justo antes de la muerte, todo se soluciona. ¿Tú qué piensas?
La salvación no es cosa de un día, por eso tenemos que estar siempre vigilantes: “nadie sabe el día ni la hora”. Te invito a examinar nuestra conciencia cada noche, es como el enfermo que se pone el termómetro para velar la temperatura corporal. Así también es nuestra vida de fe. Descubrimos si nuestra alma está fría o caliente, si vamos por buen camino o hay algo que corregir.
El examen de conciencia nos ayuda a evaluar cómo ha sido nuestro día, en qué medida he amado, cómo ha sido mi relación con Dios y con mis hermanos, y eso me permite acercarme al sacramento de la Reconciliación para recibir la gracia del perdón. No acumulemos pecados, no le quitemos importancia a las cosas que realmente lo llevan. Todos los que han experimentado el encuentro con Dios a través de la confesión saben que la gracia que se recibe no tiene comparación. La sensación de liberación y de paz que se vive nos demuestra que vale la pena vencer lo que pueda existir de dejadez, de vergüenza por el pecado, y acudir al sacerdote para abrir nuestro corazón y reconocer la fragilidad de la vida.
Estar atentos a la llegada del Señor no se refiere solamente a la vida de oración y al cuidado que tengamos de la limpieza de nuestra alma, incluye también la atención que le doy a mis hermanos, la coherencia con que vivo mi fe, el servicio amoroso a quienes necesitan de mí.
El pasado 3 de octubre, en la víspera de la festividad de San Francisco de Asís, el Papa Francisco firmó su tercera encíclica titulada Fratelli Tutti, (Hermanos todos), que “pretende promover una aspiración mundial a la fraternidad y la amistad social. A partir de una pertenencia común a la familia humana, del hecho de reconocernos como hermanos porque somos hijos de un solo Creador, todos en la misma barca y por tanto necesitados de tomar conciencia de que en un mundo globalizado e interconectado sólo podemos salvarnos juntos.
“(…) La fraternidad debe promoverse no sólo con palabras, sino con hechos. Hechos que se concreten en la ‘mejor política’, aquella que no está sujeta a los intereses de las finanzas, sino al servicio del bien común, capaz de poner en el centro la dignidad de cada ser humano y asegurar el trabajo a todos, para que cada uno pueda desarrollar sus propias capacidades. Una política que, lejos de los populismos, sepa encontrar soluciones a lo que atenta contra los derechos humanos fundamentales y que esté dirigida a eliminar definitivamente el hambre y la trata”.
Al mismo tiempo, el Papa Francisco subraya que un mundo más justo se logra promoviendo la paz, que no es sólo la ausencia de guerra, sino una verdadera obra “artesanal que implica a todos.”
La vida del cristiano tiene que llevar la forma de la cruz, en vertical para sostenernos con el apoyo de Dios, de lo trascendente, y en horizontal, para irradiar esa relación hacia el mundo que nos rodea.
Te deseo una vida así y pidamos juntos a nuestra Madre, la Virgen de la Caridad, que nos ayude a hacer este deseo realidad, para que estemos listos siempre a recibir al Señor de la Historia.
