Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 18 de agosto de 2020

Conocemos bien todos el significado de la expresión “estar entre la espada y la pared”, que se refiere a esas situaciones en las que cualquier decisión que tomemos significará un serio contratiempo, a la vez que no podemos dejar de actuar en uno u otro sentido. Pues bien, los fariseos y herodianos decidieron poner a Jesús en una de estas circunstancias, y para ello prepararon una pregunta tramposa. Comienzan alabando el proceder de Jesús en su ministerio: sinceridad, apego estricto a la verdad y sin componendas o suavizaciones que pretendiesen evitar roces con los oyentes; las parábolas de los tres domingos anteriores, dirigidas directamente a las autoridades religiosas de Israel, son ejemplos evidentes. Esa introducción, como sabemos, no es más que un intento de disfrazar las verdaderas intenciones que los mueven: llevar a Jesús a un punto en el que la afirmación o la negación lo pondrán, indistintamente, en un grave aprieto.

La pregunta es directa: “¿es lícito pagar el impuesto al César o no?”. Debemos aclarar que no le están pidiendo la opinión individual a Jesús, sino que, al hablar de “licitud”, están refiriéndose a la Ley de Moisés, al fundamento de la vida de fe de los israelitas, así que le preguntan, en su condición de maestro religioso, si, de acuerdo a la ley divina, un israelita debe pagar el impuesto al emperador romano o esto va contra esa ley y, por tanto, del mismo Dios. Afirmar implicaría un conflicto serio con la autoridad romana, lo que llevaría, de seguro, a su encarcelamiento y ejecución por rebelarse contra ella; negar, por otra parte, lo enfrentaría con el pueblo israelita, que rechazaba toda muestra de sometimiento a sus dominadores romanos y para el cual la obligación del pago del tributo al Imperio constituía una de sus grandes humillaciones. Así que Jesús, a juicio de quienes le preguntan, está, ciertamente, “entre la espada y la pared”.

La respuesta de Jesús tiene tres momentos:

  1. En primer lugar, comienza desmontando toda la engañosa escenografía que sus adversarios han preparado: el término “hipócritas”, que usará con frecuencia para referirse, sobre todo, a los fariseos y maestros de la Ley, les aclara que no se ha dejado engañar por sus palabras aduladoras. Sabe bien que le han puesto una trampa para destruirlo.
  2. En segundo lugar, no contesta de inmediato la pregunta, sino que pide que le enseñen una moneda de uso corriente que, entre otras cosas, servía para el pago del impuesto al César romano. En aquel entonces las monedas oficiales romanas tenían impresa la imagen del emperador Tiberio e inscripciones que lo proclamaban divino (es decir, un dios) y sumo sacerdote. La moneda que enseñan a Jesús, tal como confirman ellos mismos, tiene estos atributos oficiales.
  3. Ahora, por fin, Jesús responde la pregunta de sus interlocutores, pero no lo hace negando o afirmando la licitud del pago del impuesto, tal como esperaban ellos, sino con una frase que se ha hecho proverbial a lo largo de los siglos: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Con ella el Señor logra, magistralmente, evadir el callejón sin salida al que sus adversarios creían haberlo conducido y, a la vez, se pone por encima y más allá de la simple cuestión del pago o no del tributo. Si nos fijamos bien, Jesús agrega una cuestión que no estaba en la pregunta formulada por sus contrincantes: la segunda parte de su respuesta se refiere a Dios, y aquí está la parte fundamental y la enseñanza clave que Él nos quiere ofrecer: cada uno debe cumplir con las obligaciones propias de su condición de ciudadano de una sociedad y un país, pero nunca se puede olvidar que, por encima de todo y de todos, está Dios, el único Dios; por eso hay que dar “a Dios lo que es de Dios”, es decir, amarlo, servirlo y obedecerlo por encima de cualquier otra consideración. Más claro, ni el agua.

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