Por Ivette María Ramírez Gómez*
Esta es una pregunta que varias veces nos hacen a los cristianos cuando hablamos de esas personas insignes que son los santos. Sí, pero ¿a qué nos referimos cuando decimos que celebramos a todos los santos? ¿Alguna vez te has hecho esta pregunta? Si así fuera, estás en buen lugar; intentemos esbozar la respuesta.
Desde muy pronto en su caminar juntos, el pueblo de Israel reconoció a Dios como “el Santo”, así, en singular. O “el tres veces Santo”; para enfatizar su santidad absoluta. A la par, quizás como extensión, se fue identificando “lo santo” (en este caso como adjetivo) con lo que pertenece o se remite a Dios: el templo, algunos objetos del culto divino e incluso a las personas que Él escogía para su servicio o recibían una vocación de especial entrega al Señor. Los creyentes no dudaban en reconocer en ellos la bondad y la santidad, cualidades (por decirlo de alguna manera) que son propias de lo sagrado.
En la Tradición de la Iglesia, es tan antiguo llamarle santos a los fieles cristianos, que el mismo san Pablo con mucha frecuencia en sus cartas se dirige a las comunidades, de las que fue padre y pastor, con este sublime adjetivo. Y es que la entraña del mensaje de Jesús es la invitación a ser santos… a vivir como Él, delante de su Padre… a amar al Señor y a los hermanos como Jesús ha amado… He ahí la clave de la santidad: el amor verdadero… Por eso, la vocación cristiana que recibimos y aceptamos en el Bautismo, implica el compromiso personal, íntimo, con el Señor y con la Iglesia, de vivir abiertos desde lo más profundo de nuestro ser al Santo de los santos… y a que haga su voluntad en nuestro ser, en nuestra realidad, a cooperar con Él. Y Dios es amor…
Cuando estas palabras no resuenan hondo en el corazón del creyente, algo le ha enfermado en la raíz misma de su relación con el Señor… ha caído de la Gracia, como diría el mismo san Pablo. Afortunadamente para nosotros, por la Misericordia del Señor, en cada situación de nuestra vida podemos volver la mirada y el corazón a Él. Podemos orar a pie descalzo, como Moisés, y pedirle que nos muestre su Rostro, su Misericordia, que perdone y olvide nuestros pecados y desobediencias, nuestra ignorancia temeraria… y que nos haga regresar a su casa paterna (por ejemplo a través de la meditación de la Palabra de Dios, de una confesión sincera, de recibir la Eucaristía con el mayor respeto que se merece, etc…). En ese sentido, quienes no son cristianos muchas veces tienen razón al reclamar o esperar una respuesta vital más íntegra de nuestra parte…
Y eso también porque los santos que hoy celebramos en toda la Iglesia son personas tan humanas como tú y como yo. Tan acosados exterior e interiormente por la mediocridad, como cualquier otra persona. Sin embargo, cada uno de ellos, sea que pertenezcan al canon de los santos (o esa especie de listado, donde la Iglesia reconoce los hombres y mujeres que a lo largo de la historia han demostrado que son amigos de Dios) o que sean aquellos que solo Dios sabe, que ya han salido de las coordenadas del tiempo y que gozan ahora de su Presencia; todos han tenido en común lo más importante: han amado al Señor y han amado su creación, en primerísimo lugar a las personas, que son sus hijos.
No se puede ser santo sin Dios, así como no puede ser luz para los demás quien está en tinieblas interiormente… La clave del aprendizaje en el amor está en vivir en tono de oración; en profundizar en la relación especialísima con el Señor, en vivir buscando su Presencia y compañía. De esta actitud vital nadie puede privarnos, aunque nos puedan privar de muchas cosas… Pero no de amar, no de seguir buscando al “Amor de los amores” y seguir esforzándonos por aprender a amar como Él nos ama y como han amado estos hermanos nuestros que hoy celebramos y que ahora nos ayudan con la luz de su vida (que nos muestra humildemente que es posible ser feliz, ser auténticos, ser veraces…) y con su oración. Nada hace más feliz al hombre y a la mujer que vivir amando y siendo amados; pues nuestro ser es imagen de Dios… Es por eso que celebrar a los que lo han logrado es también motivo de mucha alegría y esperanza profunda para el hombre y la mujer de Dios… ¿Quieres serlo tú también?
Tal vez hoy es buena ocasión para pedirles a todos los santos que nos ayuden… especialmente a María Santísima, Madre del Señor Jesús y Madre nuestra.
* Capilla de las Carmelitas Descalzas, Vedado. Arquidiócesis de La Habana
