Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz. sj, obispo de la diócesis de Pinar del Río. Los saludo con el deseo de que podamos vivir con fe esta experiencia de pandemia que nos ha afectado directa o indirectamente, la vida de todos.
Hoy reflexionaremos sobre uno de los evangelios más fuertes que nos presenta San Lucas. Es conocido como la parábola de los invitados que se excusan.
Si nos detenemos solo en las palabras y hechos que se narran, puede que no entendamos del todo las palabras de Jesús. “Velar las tierras… probar las yuntas de bueyes… acabar de casarse” son motivos importantes ante la invitación a una cena, aunque también son cosas que se pueden hacer en otro momento si reconocemos el valor de la invitación y de la persona que invita. Era una gran cena; el que la organizaba seguro que no habrá escatimado nada en su preparación. Seguramente habría platos exquisitos, y además, siendo un señor de importancia, habría invitado a personas distinguidas de la sociedad de entonces. Pero esto no lo tuvo en cuenta ninguno de los invitados, causando dolor en el Señor. Entonces la invitación rechazada se actualiza en los nuevos comensales. Las puertas del banquete se abren para un grupo que estaba excluido por la sociedad: los pobres, lisiados, y todos los que se encontraran en los caminos. La invitación se abre a todos sin distinción. Y ellos la aceptan con gratitud.
Llevemos esta parábola a nuestra vida. Todos estamos invitados; la Iglesia es la casa que nos ofrece la gran Cena que Dios nos ha preparado. ¿Cuál es nuestra escusa?
Muchas veces decimos que sí, estamos en la lista, pero en realidad no aceptamos la invitación. Si sólo somos cristianos enumerados, pero no aceptamos la invitación, no es suficiente, no participamos de la fiesta.
Al respecto el papa Francisco nos expresaba en su homilía del 5 de noviembre del 2013: “Entrar en la Iglesia es una gracia; entrar en la Iglesia es una invitación. Y este derecho, no se puede comprar. Entrar en la Iglesia es hacer comunidad, comunidad de la Iglesia; entrar en la Iglesia es participar de todo aquello que tenemos, de las virtudes, de las cualidades que el Señor nos ha dado, en el servicio del uno para el otro. Además entrar en la Iglesia significa estar disponible para aquello que el Señor Jesús nos pide. En definitiva entrar en la Iglesia es entrar en este Pueblo de Dios, que camina hacia la eternidad. Ninguno es protagonista en la Iglesia: pero tenemos Uno que ha hecho todo. ¡Dios es el protagonista! Todos nosotros vamos detrás de Él y quien no va detrás de Él, es uno que se excusa y no va a la fiesta. (Cf. S.S. Francisco, 5 de noviembre de 2013, homilía en Santa Marta).
Cristo se encarnó. Dios hecho hombre por nosotros. Nos suena “de toda la vida” esta frase, pero de tanto repetirla, quizás no caemos en la cuenta de que ahí cometimos la mayor ingratitud que se ha cometido en la historia de la humanidad: «los suyos no le recibieron».
Esta semana estamos recordando de manera especial a todos aquellos cristianos que por encima de las realidades de su vida personal, venciendo los obstáculos que el mundo les presentaba, hicieron opción por asistir al banquete, por ser Iglesia en medio del momento histórico que les ha tocado vivir y que continúan intercediendo por nosotros ante Dios para que también nosotros seamos capaces de responder a la invitación y disfrutar la Cena del Señor en la fiesta final de su Reino.
Está en nuestras manos hacer del mundo un inmenso jardín en el que la gratitud no sea una flor exótica, sino que sea la flor de cada hogar, de cada familia, de cada sociedad.
Que la Virgen María nos acompañe en nuestro caminar.
