La solemnidad de Todos los Santos es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico cristiano; su significado: celebrar juntos la alegría por todos aquellos que ya se encuentran en la presencia de Dios. La primera lectura, tomada del libro del Apocalipsis, resalta la universalidad de la salvación prometida por Dios, que abarca a “toda nación, raza, pueblo y lengua”, sin excepciones, a la vez que afirma el cumplimiento pleno de esta salvación, cuando el Señor instaure de manera definitiva su Reino, y la consiguiente intimidad con Él, punto máximo de la felicidad humana.
El evangelio de las Bienaventuranzas encaja perfectamente en este conjunto porque explicita el modo de actuar y las actitudes concretas de todo aquel que en verdad desee ser discípulo de Cristo. Esto es, al mismo tiempo, una gracia de Dios, sin la cual sería imposible llevar a la práctica lo que ellas nos proponen, y, al mismo tiempo, esfuerzo y decisión nuestra para abrirnos a la acción del Espíritu Santo y ser fieles a lo que él nos vaya inspirando. Las Bienaventuranzas en su totalidad exigen dejarnos guiar por el Espíritu, a la vez que se hacen vida en nuestro actuar cotidiano; no se trata de propuestas para un grupo de privilegiados, aunque a través de la historia se haya interpretado algunas veces así, sino que se dirigen a todos, independientemente de su vocación particular.
La fiesta de Todos los Santos es una muestra del cumplimiento de las Bienaventuranzas en todos aquellos que ya gozan de la presencia de Dios: abrieron su corazón al Espíritu Santo, apoyados en su gracia escogieron seguir el camino de vida que el Señor les proponía y en virtud de ella pudieron permanecer fieles hasta el final y, por último, Dios les concedió la realización de lo prometido. Nos estimula y anima, pues, esta celebración a los que todavía peregrinamos en este mundo, para que no nos desanimemos ni perdamos la esperanza puesta en el Señor.
Una palabra también sobre la celebración de mañana, Conmemoración de los fieles difuntos, en la cual oramos a Dios por los que han muerto y todavía no han alcanzado la vida plena junto a Él. Es un día muy importante en la tradición de fe de nuestro pueblo cubano y nos recuerda el deber de caridad con los difuntos: pedir por ellos a Dios para que puedan también, como los santos, estar en su presencia para siempre. Es una celebración que nos invita a la oración, al recuerdo agradecido de nuestros difuntos y a recurrir a la misericordia divina suplicándole el perdón de las faltas y pecados que cometieron durante sus vidas y les conceda la vida eterna; oremos, pues, por todos ellos.
