Queridos hijos e hijas, les habla Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz. sj, obispo de esta diócesis vueltabajera. Los saludo con el deseo de que el Señor nos conceda la gracia de ver nuestra realidad con ojos de fe.
Hoy comentaremos el Evangelio que la liturgia de la Iglesia nos ofrece para este lunes de la trigésimo tercera semana del tiempo ordinario. Es el relato de la curación de un ciego que se encontraba a la orilla del camino y al enterarse de que Jesús estaba pasando por su lado, centró todas sus fuerzas en ganarse la atención de Jesús y conseguir la ayuda que necesitaba.
Iniciando nuestra reflexión de hoy, me gustaría partir del hecho de que la multitud que acompañaba a Jesús fue la que intrigó al ciego. El ambiente era distinto a los otros grupos que pasaban por el camino. Cuando caminamos junto a Jesús, ¿cómo es nuestro ritmo? ¿Otros son capaces de preguntar, qué pasa, porque sienten la diferencia de otras pisadas en el mundo?
El ciego pedía compasión por parte de Cristo, y ante el silencio que le trataban de imponer los que acompañaban al Mesías, él gritaba más fuerte. Ojalá nosotros no tratemos de callar nunca las voces que piden compasión a nuestro alrededor y no nos cansemos nunca de gritar cuando necesitamos que nos socorran para mejorar la calidad de vida.
Este hombre era ciego pero tenía las ideas muy claras. Había oído hablar de Jesús de Nazaret, el descendiente del rey David, que hacía milagros en toda Galilea. Y él quería ver. Por eso, cuando le informaron que Jesús iba a pasar por allí, el corazón le dio un vuelco y comenzó a gritar con todas sus fuerzas. ¡Era la oportunidad de su vida! Cuando consiguió estar frente a frente con el Mesías no fue con rodeos; le pidió lo que necesitaba: “¡Quiero ver otra vez!”.
Digámosle siempre así a Jesús, cada día, a cada segundo. No creamos nunca que estamos completos, que no necesitamos descubrir el mundo que nos rodea, o la presencia de Dios a nuestro lado.
“Este es el modelo perfecto de oración. Primero, buscó el encuentro con Jesús; luego, presentó la petición con toda claridad. Y como tenía mucha fe…
Para rezar bien, es necesario acercarse a Dios, ponerse ante su presencia. Para eso puede ayudar ir a una iglesia y arrodillarse ante el Sagrario. ¡Allí está Jesús! Luego, con humildad, suplicando su misericordia como hizo el ciego, le hablamos y le decimos exactamente lo que nos pasa. Sin discursos, sin palabrería. Hay que ir al grano: «Mira, Señor, lo que me pasa es esto…».
Dios ya lo sabe, pero quiere que se lo digamos. Nos pregunta: «¿Qué quieres que te haga?».
En todo momento pidámosle a Dios, ver otra vez”.
Esta expresión nos indica también que en algún momento el hombre veía, sabe la importancia de este sentido y ruega se le conceda el volver a recuperarlo.
Miremos ahora nuestra vida. ¡¿Cuántas veces nos enfrentamos a crisis de fe?! Muchas veces dejamos de percibir la alegría que nos rodea en las cosas que son esenciales: la vida, la familia, los amigos, la Iglesia. Podemos llegar a confundirnos con la relatividad que brinda el ambiente, el apego a lo material, al poder para sentirnos superiores a los demás, en fin, muchos ejemplos que nos llevan a quedarnos a la orilla del camino porque nos alejamos de lo realmente importante. Hemos perdido la visión y nos convertimos en apartados sociales.
Sin embargo, cuando llega el tiempo de Dios, descubrimos que a nuestro lado pasa Aquel que puede ayudarnos a cambiar, y nuestra vida se ilumina; al ser conscientes de la realidad podemos entonces, transformarla.
Si hoy el Señor nos dijera: “¿Qué quieres que haga por ti?”, ¿qué le responderíamos? ¿Qué heridas, qué enfermedades, qué cegueras le presentaríamos? ¿Qué es lo que más necesitamos? ¿Qué es esencial para nosotros?
Te invito a pensar seriamente en la respuesta a estas interrogantes y a llevarlas también al plano social: ¿Qué necesita ver mi familia? ¿Qué es lo que más necesita Cuba? ¿Qué es esencial para mi comunidad cristiana?
No nos quedemos solo en el pensamiento, hagámoslo oración y con la ayuda de Dios, tratemos de darle luz a estas respuestas.
Pero no acaba aquí el relato. Luego fue a comunicar esa experiencia a todo el pueblo. Había nacido un apóstol. Y consiguió que aquella gente, al verlo, alabara a Dios.
Recuerda lo más importante de todo: La fe del cielo le permitió sanar.
Que María de la Caridad interceda por nosotros para que tengamos una fe tan grande que nos permita confiar en que sólo Dios nos puede sanar.
