Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 15 de noviembre de 2020

Hace muy pocos domingos el evangelio correspondiente narraba el encuentro de Jesús con un maestro de la Ley que le preguntó acerca del mandamiento más importante; la respuesta es conocida por todos: amar a Dios es el principal de los mandamientos, al que se añade el del amor al prójimo, seguido de una aclaración, “ama al prójimo como a ti mismo”. En el episodio de hoy, durante la Última Cena de Jesús con sus apóstoles, el Señor les confía el que llamamos “mandamiento nuevo”, no porque se refiera a algo novedoso, ya que estaba en la Ley dada a Moisés, como vimos en el pasaje evangélico de domingos atrás, sino porque la exigencia es totalmente nueva: “ámense unos a otros como yo los he amado”.

El listón está bastante alto: no solo amar al prójimo como a uno mismo, sino como nos ha amado Cristo, o sea, dando la vida por los demás; con esto, el límite de la caridad hacia el prójimo se amplía hasta el máximo posible en este mundo, dar la propia vida. Al mismo tiempo, el amor, a imitación del que Cristo tiene por nosotros, nos remite de inmediato al que Dios Padre tiene por su Hijo y también por cada uno de nosotros como nos enseñó innumerables veces Jesús. Amar es, por tanto, participar en la comunión de amor que une al Padre y al Hijo, es entrar en la intimidad misma de Dios, esto es lo que significa el verbo “permanecer” que el Señor utiliza varias veces en este pasaje evangélico. Cumplir el mandamiento nuevo del amor es, por consiguiente, imitar al propio Padre Dios que nos ha amado hasta el punto de enviar a su propio Hijo para salvarnos. No hay otra forma de asemejarnos a Dios si no es amando, porque “Dios es amor”, según nos dice la Primera Carta de Juan.

Sabemos, por supuesto, que cuando hablamos de “amor” en el sentido cristiano no nos estamos refiriendo a meros sentimientos o emociones, sino a la disposición constante, fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros, a servir, perdonar, compadecernos, tener misericordia y hacer el bien a cualquier persona y, en especial, al más necesitado. Pidamos al Espíritu que nos concedaese don indispensable para nuestra vida cristiana.

Deja un comentario