Hoy celebramos la Solemnidad de Cristo Rey. Es la fiesta en la que la humanidad reconoce el poderío de Dios. Para nosotros esta fiesta nos cierra 34 semanas de recorrido por los misterios de la vida de Cristo, a través de las cuales la liturgia nos ofrece la oportunidad de orar, reflexionar y hacer vida las enseñanzas del Maestro.
Cristo nos enseña cuál es el verdadero sentido del poder. El Dios que ha buscado con ahínco a sus ovejas, que las ha cuidado y apacentado, vendrá a juzgar, desde el amor, y llamar a la vida. Por eso hemos escuchado tantas veces esa frase de la Madre Teresa de Calcuta, que el papa Francisco nos recuerda: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. Ese es el Reino de Dios, del cual deseamos participar y del que tenemos la obligación de hacer presente en este mundo.
Aceptar a Cristo como Rey- Juez- Pastor, significa reconocer su cuidado amoroso, acogerlo presente en medio de nosotros, trabajar por la nueva humanidad que crece en la lucha contra el hambre, la sed, la desnudez, la injusticia y contra la degradación de la persona. Aquí no valen las medias tintas ni las indecisiones. Solo las opciones personales y los hechos claros a favor del otro necesitado con quien Jesús mismo se identifica.
Esta semana ha sido muy fuerte para nuestra ciudad pinareña. Ante el aumento de casos, nos enfrentamos a nuevas medidas que nos invitan a cuidar celosamente nuestra salud. Ha sido una experiencia que parece no terminar. Se nos hace difícil mantener la alegría y la esperanza, sin embargo no debemos olvidar las palabras de Cristo ante Pilatos horas antes de su muerte: “Mi Reino no es de este mundo”. Nosotros somos ciudadanos de ese Reino que va más allá de la concepción terrenal que podemos hacernos. Dirijamos la mirada a nuestro Rey, y confiemos en él.
Hoy nos duele mucho no poder participar en el templo de la celebración eucarística, porque siempre, desde sus inicios, la Iglesia encuentra en la Eucaristía el alimento que fortalece en la dura prueba. Sin embargo, esta batalla la ganaremos con la fe en Aquel que tiene el poder para mover montañas.
El Evangelio que escuchamos hoy nos recuerda cómo llegar a disfrutar plenamente del Reino de Dios. En ningún momento Jesús dice que “me diste de lo que te sobraba”. Es el momento de vivir como hermanos, de acoger al otro, de hacer de su dolor mi dolor. Y esto lo vivimos en la responsabilidad de cuidar la salud de quienes nos rodean usando bien el nasobuco, manteniendo la distancia, permaneciendo en mi casa si estoy en zona de cuarentena, respetando el puesto en la cola, compartiendo con el más cercano, dándonos ánimo unos a otros, abriéndonos a los que intentan ayudarnos.
Además de los actos externos, la caridad se aplica a la palabra. Sí, este es uno de los campos más difíciles, pero también de los más hermosos. No basta conformarnos con no criticar a los demás, que ya sería bastante. Hace falta hablar bien de mi prójimo, promover lo bueno y silenciar lo malo, forjar el hábito de la benedicencia. No hace falta inventarse virtudes y cualidades donde no las hay, pero sí reconocer y hablar de las que tiene mi hermano.
Algunos creen que el cristianismo consiste sólo en rezos y posturas piadosas. Esto, indudablemente, tiene su valor y es un medio válido para vivir la fe, pero no es lo único ni lo esencial. Cristo, el día de hoy, nos viene a recordar cuál es la esencia de su mensaje: la caridad. La caridad no como mera filantropía, sino como verdadero amor a Dios que vive realmente en mi prójimo. Jesús nos lo dice clarísimo «a mí me lo hicisteis», y además con ejemplos prácticos. Esta caridad brota naturalmente del amor a Dios. Si amo a Dios no puedo dejar de amar a mi hermano.
Señor Jesús, nos comprometemos contigo en cada hermano que, aun sin palabras, precisa de mí. Que tu Espíritu nos impulse, nos anime, nos transmita la fortaleza necesaria para irradiar la energía transformadora de la resurrección.
Que nuestra Madre, la Virgen de la Caridad, nos acompañe siempre.
