Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 22 de noviembre de 2020. Solemnidad de Cristo Rey

Con la celebración de hoy ya está concluyendo el año litúrgico de la Iglesia, para dar paso a un nuevo año de celebraciones que comenzarán el domingo próximo con el primer domingo de Adviento, antesala de la Navidad. La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, ha sido escogida para clausurar la liturgia anual de la Iglesia y sirve como un resumen de todo lo vivido durante el año, desde el Adviento, el nacimiento del Señor, la Cuaresma, pasando luego por la Semana Santa, que es el centro de todo el año, hasta la fiesta actual.
Esta solemnidad es relativamente joven, si tenemos en cuenta otras con muchos siglos o que existen incluso desde los mismos orígenes de la iglesia cristiana. Fue instituida por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925, en momentos muy turbulentos y difíciles para los cristianos y para el mundo entero: estaban en auge, o en camino de tomar el poder, regímenes e ideologías autoritarios que pretendían poseer las verdades absolutas y se proponían imponer, en la práctica, sus visiones particulares acerca del mundo y de cómo debía estar organizada la sociedad; unos pocos años después las contradicciones y enfrentamientos entre los diferentes actores mundiales desencadenaron el horror de la Segunda guerra mundial, con todas las consecuencias que esto conllevó para la Humanidad. De manera que la celebración de Cristo Rey, como se conoce popularmente, tenía un sentido muy preciso e importante: reafirmar en las conciencias, en primer lugar, de los creyentes, la certeza de fe de que, con independencia de los vaivenes de la historia humana y de las fuerzas que en ella intervenían, todo, absolutamente todo, estaba bajo el poder del Único y Verdadero Señor, Jesucristo.
Las vicisitudes por las que podamos pasar, por terribles que sean, las fuerzas y proyectos sociales, económicos, políticos, militares o de cualquier otra índole, por exitosos e invencibles que parezcan, no tienen el dominio del curso de la Historia, solo Dios es Dios, y en sus manos estamos, como dice un conocido canto en nuestras celebraciones. Muy bien vino para los cristianos de aquel entonces el recordatorio que les hacía esta solemnidad; muy a propósito nos viene a nosotros, en un mundo tan convulso y lleno de extremismos e incertidumbres como el de hoy, reavivar nuestra confianza en Aquél que es el fundamento de la esperanza cristiana: Jesucristo, el Señor.

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