Por: José Ignacio Amador Brú*
El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
Lucas 21:33
Para muchos autores, la composición es el momento crucial en que el estilo y la técnica se encarnan en la palabra. Leo esto y me remito a un momento también crucial en la tradición cristiana, cuando el Verbo se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre.
En la tradición semítica, la palabra lo era todo (las tradiciones se transmitían por vía oral). Al principio solo existía el Verbo, nos cuenta, y este era precisamente Dios. Aquel que no podía ser nombrado, pero que era causa primera de todo, a través de su Palabra.
En el periodismo, la palabra es también el centro. Amén de estilos, algo claro y básico en la narración y composición periodística ha de ser el uso correcto de cada palabra. Así y solo así, cumple con su función de ser mediador entre la información y el público, quien ha de ser capaz de interpretarla de forma tal que pueda ser útil en su vida.
Para el cristianismo es la encarnación un momento cumbre. La Santísima Trinidad toma contacto directo con su mejor obra: el ser humano. El Espíritu de Dios pasa a una Virgen y se hace hombre, conservando al mismo tiempo la naturaleza humana y divina.
Así, se comienza la última alianza que Dios sella para con su creación y, en esta ocasión, el cordero de inmolación será su propio Hijo. Y en la persona de este Hijo, conformará una Iglesia que será su cuerpo sacramental en la tierra. Dios nos da a su Hijo, pero al hacerlo también nos hace responsables de tomar una decisión, o estás con Él, o estas contra Él.
Para el ejercicio de la comunicación periodística nada se entrega gratuitamente, ni se recibe por añadidura. Ritmo, tono y armonía deben confluir en una simbiosis tal que sea comprensible y eficiente. Decir más con menos es una manera fácil de verlo, pero no encarna toda la profundidad de lo necesario. No tiene perdón fallar en esto, pues sería incumplir con el estilo y fallarle al propio ejercicio de la composición periodística. Hay que decir lo que hay que decir de la manera precisa.
En varias partes del Nuevo Testamento se deja explícito que Jesús sabía leer y escribir, aun así, no dejó nada escrito por sí mismo para la posteridad. Pero si tuvo a su lado excelentes cronistas. Cada palabra registrada por ellos nos da una clara idea de su intención.
Jesús solo habla cuando es preciso, dice lo que tiene que decir independientemente de la persona que esté frente a Él, su compromiso es para con la verdad, no para con el conformismo o la aceptación, y cumple con la ley.
El periodista se debe a estándares similares. Por ser original un periodista, no puede enturbiar ni distraer al lector de la información que comunica. Un periodista se debe a la información y, por naturaleza, evade las ataduras de lo políticamente correcto y llama al pan, pan y al vino, vino; independientemente de la circunstancia.
Un periodista cumple con la ética de su profesión, y sabe que, por cumplirla, no elegirá bando alguno más que la verdad, claridad y objetividad de la información que brinda.
Jesús asumió su Cruz. En Getsemaní pidió a su padre que le apartase de la prueba que se le venía y a la que, como humano, temía. Pero inmediatamente pidió también que se cumpliera la voluntad de su Padre y no la suya propia.
Los periodistas deben también asumir su cruz. El periodista tiene por profesión y por vocación asumir la responsabilidad que acarrea el hecho en sí de ser periodista y de ser escuchado. Son humanos que temen y dudan, pero son humanos que tienen la capacidad y el deber de hacer caso omiso a los miedos y dudas a la hora de cumplir con lo que su oficio indica.
A través de la palabra, el periodista asume estas responsabilidades. A esta palabra se debe. Con su uso correcto, moldeado por el estilo y la técnica es que solo se entiende el ejercicio periodístico.
*Comunidad Santa Catalina de Ricci, Diócesis de Guantánamo-Baracoa
