Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz. sj, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río.
Hoy iniciamos el Adviento, que es el tiempo que va desde el día de Cristo Rey hasta la Navidad, y que nos prepara espiritualmente para celebrar con gozo y con óptimas disposiciones interiores el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo en la tierra, momento maravilloso de nuestra salvación.
En estas semanas previas a la Navidad, la Iglesia entera aguarda con júbilo la nueva llegada del Mesías, del Hijo de Dios, de nuestro Redentor, de nuestro hermano Jesús, hecho Hombre como nosotros y nacido para redimirnos. La virtud propia y más característica de este período es la esperanza.
Y, mientras esperamos su venida gloriosa, el Señor nos recuerda que hemos de estar siempre en vela, «porque no sabemos a qué hora llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o al amanecer», nos dice en el Evangelio.
Hoy la liturgia nos invita a centrar la mirada en la actitud vigilante para recibir al Señor que se acerca. Cerremos los ojos e imaginemos el escenario donde ocurrieron los hechos que acabamos de escuchar: Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando confidencialmente con cuatro discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no lo tengan entre ellos.
Por eso, una vez más, les descubre su inquietud: «Miren, vivan despiertos». Después, dejando de lado el lenguaje apocalíptico, les cuenta una pequeña parábola que ha pasado casi inadvertida entre los cristianos.
«Un señor se fue de viaje y dejó su casa». Pero, antes de ausentarse, «confió a cada uno de sus criados su tarea». Al despedirse solo les insistió en una cosa: «Vigilen, porque no saben cuándo vendrá el dueño de la casa». Que, cuando venga, no los encuentre dormidos.
El relato sugiere que los seguidores de Jesús formarán una familia. La Iglesia será «la casa de Jesús» que sustituirá a «la casa de Israel». En ella, todos son servidores. No hay señores. Todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús, el Cristo. No lo han de olvidar jamás.
En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo. Nadie se ha de sentir excluido, sin responsabilidad alguna. Todos somos necesarios. Todos tenemos alguna misión confiada por él. Todos estamos llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús. Él vivió siempre dedicado a servir al reino de Dios.
Los años irán pasando. ¿Se mantendrá vivo el espíritu de Jesús entre los suyos? ¿Seguirán recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos? ¿Le seguirán por el camino abierto por él? Su gran preocupación es que su Iglesia se duerma. Por eso les insiste hasta tres veces: «Vivan despiertos». No es una recomendación a los cuatro discípulos que le están escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: «Lo que les digo a ustedes se lo digo a todos: velen». Me lo dice hoy a mí, y te lo dice a ti.
Si nosotros queremos que Cristo venga a nuestra alma y nazca en nosotros esta Navidad, tenemos que abrirle nuestra casa desde adentro. Él no obliga a nadie, ni fuerza contra su voluntad a que le abran. Cada uno lo hace libremente. Él nos respeta siempre porque nos ama, incluso aunque en nuestra indiferencia o negación nos hacemos daño a nosotros mismos. Es el misterio del amor de Dios y de la libertad humana. Si queremos que Dios nazca en nosotros, hemos de preparar nuestro nacimiento, nuestro «belén» interior. Y esto exige estar en vela para que el pecado y los vicios del mundo no hagan presa de nuestra vida.
Que en estos días difíciles por el nuevo coronavirus no perdamos la esperanza y la actitud vigilante a través de las buenas acciones hacia nuestros hermanos.
Que María, la Virgen del Adviento nos anime a permanecer firmes en la fe.
