El Señor viene a nosotros, cada día, en las personas y acontecimientos de la vida cotidiana, Él vendrá, también, en el momento de nuestra muerte, cuando nos llame a su presencia y tengamos que darle cuenta de nuestro actuar en este mundo; aguardamos, además, con esperanza firme, su llegada definitiva para instaurar su Reino, al final de los tiempos, tal como lo prometió. Todas estas son verdades de fe que nos atestiguan la presencia activa y constante de Dios en la vida personal y en todo lo que acontece en el Universo, pero, ¿estamos preparados para recibirlo…?; esta es la pregunta decisiva que deberíamos hacernos todos los días: Él no estará ausente nunca, pero, ¿en qué condiciones nos hallará cada vez que nos salga al paso en el camino de nuestra vida?
El tiempo de Adviento, precisamente, tiene como idea central la exhortación a la “confiada y alegre espera del Señor”, que solo puede darse si se está en verdad preparado para recibirlo, de ahí la insistencia en la necesidad de que estemos vigilantes y en espera activa, es decir, totalmente dedicados a la realización de la voluntad de Dios a través de las buenas obras que Él nos pida, además de a la oración constante y la meditación de su Palabra, que nos permiten estar en consonancia con lo que al Señor le agrada.
Sin duda, la espera del Señor no es un cómodo cruzarnos de brazos, sino un activo esfuerzo en la preparación de todo lo necesario para recibirlo dignamente. A todo lo mencionado antes se añade el hecho de que no sabemos el momento en que Dios nos saldrá al encuentro y esto, lejos de infundirnos miedo o angustia, debería impulsar mucho más el deseo de “estar a punto” para acogerlo. Así pues, hermanos, ¡manos a la obra!, para que el Señor no nos encuentre dormidos ni desorientados en medio de los vaivenes de la vida diaria, sino trabajando fervorosamente en la instauración de su Reino con nuestras obras de caridad y misericordia.
