Queridos hijos e hijas, les habla Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz. sj, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río.
Nos encontramos en la segunda semana del camino de preparación para la Celebración de la Navidad. Hace siete días estuvimos hablando sobre la importancia de estar vigilantes. Hoy hemos constatado que una de las virtudes que hemos de fomentar durante este tiempo es la esperanza.
El Evangelio de hoy nos revela el vínculo de Jesús con el Antiguo Testamento. Se hace énfasis en tres elementos fundamentales: el cumplimiento de la Sagrada Escritura; el envío de Juan Bautista, el profeta que invitará a la humanidad al desierto como lugar simbólico de conversión; y el mismo pueblo, que debe ponerse en camino y dirigirse hacia la reconstrucción como nuevo pueblo de Dios.
Por eso la esperanza a la que se nos invita hoy no es de manera pasiva, como quien espera que llegue la guagua, sino una esperanza activa, que nos mueve a actuar, a poner de nuestra parte todo lo que sea necesario para que Jesús pueda nacer de nuevo en nuestros corazones.
Escuchar la voz de Dios en las Escrituras y en los profetas, salir y caminar hacia la conversión como pueblo, son las invitaciones que nos grita el Bautista en el evangelio de hoy. La humanidad entera aguarda, una vez más, la llegada de Dios a nuestra historia. ¿Cuáles de las actitudes que pide este pasaje del evangelio podemos hacer nuestras durante este adviento?
Pero sólo no es importante lo que nosotros esperamos, es un tiempo oportuno para preguntarnos: ¿Qué espera Dios de nosotros? Y la respuesta la encontramos en las mismas Escrituras a través del profeta Isaías: «El camino es éste, síguelo». Siguiendo cada uno su camino, Dios espera de todos que anunciemos con nuestra vida «que el Reino de Dios está cerca» (Mt 10,7).
Eso implica lo que hemos comentado en otras ocasiones. Nuestros actos diarios, desde los más sencillos, deben irradiar la presencia de Dios en medio de su pueblo.
Vivir con esperanza muchas veces se vuelve todo un reto. Con frecuencia el desánimo nos trata de jugar la partida, pero si nos detenemos a pensar, todos los días hay algo positivo que nos sucede: Puede ser el encuentro con un amigo del que hacía años no teníamos noticias, o la ayuda inesperada de la vecina del lado, o la sonrisa de nuestros hijos, que en medio de esta dura situación, siempre encuentran un motivo para reír y gustar de la vida.
En este tiempo de preparación a la Navidad, centremos nuestra esperanza en Cristo. Preparemos su venida a nuestras familias, nuestra ciudad, nuestra patria, nuestra vida personal. No me refiero a los adornos y signos externos. Pensemos en algo que deseamos cambiar, o mejorar. Puede que no lo logremos totalmente en estas cuatro semanas, pero habremos dado algunos pasos.
Ahora que la situación sanitaria nos ha obligado a permanecer más tiempo en la casa, aprovechémoslo para compartir con quienes convivimos. Disfrutemos de esas largas conversaciones con nuestros padres, que normalmente la rutina diaria nos impide realizar; juguemos con nuestros hijos, ya sean grandes o pequeños, pero enseñémosle la historia de la familia: ¿Dónde se conocieron sus padres?, las profesiones de sus mayores, los sueños que pudieron lograr, las costumbres de la casa cuando los abuelos eran los pequeños de la familia, en fin, aprendamos a convivir juntos siendo sembradores de esperanza, de alegría en el corazón, para que nada ni nadie nos pueda quitar la felicidad que Dios ha pensado para nosotros.
Es verdad que la situación actual es difícil, pero no es el final del camino. Veamos más allá del presente, pero recordando siempre que el futuro será mejor en la medida en que nosotros seamos capaces de trabajar en el hoy de nuestra historia para que las cosas sean mejores mañana.
Que la Virgen de la Caridad, Madre de nuestra esperanza, nos acompañe siempre.
