Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruíz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 6 de diciembre de 2020, II de Aviento

Juan el Bautista es uno de los personajes emblemáticos del tiempo de Adviento. El evangelio de Marcos nos lo presenta con rasgos de una austeridad extrema: vive en la soledad del desierto, se alimenta de lo que puede precariamente encontrar en la aridez de ese lugar y su vestimenta no puede ser más simple y tosca. Es la figura típica del profeta que lo ha dejado todo para entregarse al servicio de Dios, y su predicación, en consecuencia, sigue el mismo estilo: directo y sin adornos; ya sabemos que esto lo condujo inevitablemente al enfrentamiento con quienes se sintieron heridos y señalados por sus palabras certeras y exigentes, de modo que su final no podía ser otro que el martirio a causa de su fidelidad a Dios, en este caso, por orden del rey Herodes.

Los inicios del evangelio de Marcos se desenvuelven con la predicación de Juan, resumida en el grito que viene, a través de los siglos, desde el mismo profeta Isaías: ¡Preparen el camino al Señor! La cercanía del salvador prometido y el inminente cumplimiento de las ansiadas promesas hechas por Dios desde muchas generaciones atrás hacen que ahora adquiera un dramatismo y urgencia únicos; el Señor está a las puertas y no se puede recibirlo indignamente. El arrepentimiento, la penitencia por los pecados, la rectificación de la vida para ponerla en la senda correcta, la que agrada a Dios, constituyen el núcleo de la predicación de Juan. Bautiza en el río Jordán a la multitud que acude a escucharlo, pero aclara muy bien: “Detrás de mí viene el que puede más que yo…, él los bautizará con Espíritu Santo”, de manera que, desde el mismo principio, pone las cosas en su lugar justo, no es él el Mesías, sino su Precursor, el que prepara los corazones para recibirlo; no es él en quien se cumplirá lo prometido por Dios, sino el anunciador de ese pronto cumplimiento. Y así, cuando efectivamente haga su entrada en escena Jesús, el Hijo de Dios, Juan el Bautista sabrá ir desapareciendo, de manera casi imperceptible, para dar paso al Mesías prometido; un ejemplo de altísima humildad y obediencia a la voluntad divina.

Hoy, más de dos mil años después, continúa resonando en nuestros oídos el grito del Juan el Bautista. Necesitamos, con urgencia máxima, preparar el camino al Señor, es decir, quitar de nuestras vidas todo lo que nos impide recibirlo, allanar los obstáculos (egoísmos, mentiras, tibiezas, violencias y demás), que nos desvían por sendas que alejan de Dios, volver sinceramente nuestro corazón a Él para amarlo y servirlo con fidelidad. Estos días de Adviento están dedicados en la Iglesia a facilitarnos nuestra conversión a Dios y son un tiempo de gracia y perdón, no dejemos que pasen sin más por nuestras vidas.

Deja un comentario