El domingo pasado el evangelio introducía la figura de Juan el Bautista, uno de los personajes claves del tiempo de Adviento. La misión del Bautista la conocemos perfectamente, pero las cosas no eran así para sus contemporáneos: la espera ansiosa del Mesías prometido, que en esos momentos estaba en una intensidad casi máxima, y las decepciones sufridas con diversos impostores que se habían presentado a los israelitas como el tan esperado salvador, habían hecho crecer las expectativas y la confusión; no es raro, entonces, que Juan y su peculiar figura despertaran las alarmas en todos, particularmente de las autoridades religiosas de Israel, ¿era el Mesías o se trataba del profeta Elías, u otro de los profetas, que venía como su precursor inmediato?
La respuesta del Bautista no deja lugar a dudas: él es “testigo de la luz”, “la voz que grita en el desierto”; Aquel que es la luz del mundo y bautizará con Espíritu Santo está a las puertas y es necesario prepararse para recibirlo, por lo tanto, la misión de Juan pudiera resumirse en una frase: “preparar el camino al Señor”. Como se puede observar, el evangelio de hoy nos brinda, en definitiva, el mismo mensaje que el correspondiente al domingo pasado, aunque las demás lecturas aportan un matiz propio del tercer domingo de Adviento: la preparación para la llegada del Salvador, en la que necesariamente están implicados el arrepentimiento y la penitencia a causa de nuestros pecados, tiene, al mismo tiempo, la alegría como característica, por estar cercano el Mesías, y las celebraciones de la Iglesia pretenden hacer énfasis en esto, ya sea con el color de los ornamentos litúrgicos y de la vela correspondiente en la corona de Adviento, como en las lecturas del profeta Isaías, que habla de la buena noticia de la salvación y el gozo desbordante que su anuncio produce, o de la Carta de San Pablo a los tesalonicenses que exhorta a estar siempre alegres en el Señor, porque Él es fiel y cumplirá sus promesas.
Queridos hermanos: el tercer domingo de Adviento es una especie de alto en nuestro caminar, una mirada adelante a lo poco que queda por recorrer para recibir al Señor que vendrá a nosotros en esta Navidad; que su cercanía nos haga “recuperar el aliento” y, en un último esfuerzo, con el corazón reanimado por el gozo de la próxima celebración de su Nacimiento, nos impulse a transitar el tramo final del camino con obras de caridad, oración y conversión sincera.
