Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 20 de diciembre de 2020. IV de Adviento


El nacimiento de Jesucristo no fue fruto de la improvisación ni de prisas de última hora. Varios siglos antes, por boca de Isaías y otros profetas, Dios proclamó solemnemente la promesa de un Salvador, un Mesías (que quiere decir “Ungido”), y la espera del cumplimiento de lo prometido configuró, en buena parte, la fe de los israelitas. No faltaron, sin embargo, las interpretaciones erróneas o demasiado mundanas acerca del Mesías y su misión: antes y después de Jesús aparecieron algunos presuntos salvadores; también, la propia situación de Israel, dominado por diversos imperios, propició el que fuera frecuente concebirlo como un libertador político e incluso un restaurador del poder israelita con el esplendor de los antiguos reinados de los grandes reyes David y Salomón. Con mucho de esto debió lidiar el propio Jesús, para no dejarse arrastrar por las falsas expectativas que, empezando por sus propios discípulos, se albergaban sobre su persona.
Como sabemos, Dios tiene su propio ritmo y estilo para realizar la obra de la salvación y por eso no es extraño que en la mayoría de los casos, por no decir nunca, los tiempos y los modos de cumplir sus promesas no coincidan con nuestras perspectivas humanas, como afirma el renombrado texto del profeta Isaías 55,8-9, y la llegada del Salvador prometido no fue la excepción: demoró siglos en ser realidad, pero, eso sí, cuando llegó el momento culminante de la Historia de la salvación, Dios llevó a cabo lo que había prometido mucho tiempo antes y, de este modo, al decir de la Carta a los Gálatas, el Mesías nació de una mujer (Gál 4,5-6). Entra, entonces, en escena, María, la Virgen, Madre del Salvador del mundo.
En el último domingo del Adviento, la Virgen adquiere el protagonismo principal como el último eslabón de la larga cadena de precursores que fueron preparando el camino para que efectivamente pudieran cumplirse las antiguas profecías. Ella es la escogida por Dios para el momento culminante de la Historia de la salvación: el Hijo de Dios se hará hombre en su seno, por obra del Espíritu Santo. El evangelio de hoy centra nuestra atención en el “hágase tu voluntad”, pronunciado por María, que hace realidad lo que tantas generaciones de creyentes esperaron con ansia. Que la alegría vivida por la Virgen por la llegada al mundo de su hijo nos llene también a nosotros el corazón de gozo y nos disponga bien para celebrar la Navidad de este año.

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