Encuentro, vocación, respuesta, seguimiento…, pudieran ser las ideas centrales de la Liturgia de la Palabra de hoy. Se comienza con el texto conocidísimo de la llamada de Samuel y se concluye con el relato sobre la vocación de los primeros discípulos de Jesús, tal como la describe el Evangelio de Juan; acontecimientos muy separados entre sí en el tiempo, pero que tienen un común denominador: la llamada divina y la respuesta humana. Dios, que siempre toma la iniciativa, invita, nunca impone, y la persona responde, desde la libertad y la generosidad, a esa llamada; ocurre entonces un cambio sustancial en la vida de quien ha dicho “sí” al Señor: sucedió con Samuel, Abrahán, Moisés, los profetas, la Virgen María y José, su esposo, Andrés, Pedro y el resto de los Apóstoles, también con Saulo de Tarso, porque la existencia de cualquier persona se transforma, cambia de orientación, parte de principios diferentes y se fundamenta en unos valores muy particulares cuando se encuentra o, mejor dicho, es “encontrada” por Él, y esto “se nota”, es perceptible inmediatamente para todos los que la rodean; en tiempos pasados se utilizaba un calificativo para referirse a alguien así, se decía que era un “hombre (o mujer) de Dios”.
No es que hoy en día haya menos “hombres y mujeres de Dios”, pero sí es evidente que se perciben menos, quizá porque hemos olvidado o relegado la dimensión testimonial de nuestra vida cristiana: los discípulos de Cristo tenemos como misión principal el ser testigos, con palabras y obras, de lo que “hemos oído y hemos visto con nuestros propios ojos” al encontrarnos con el Señor, según la expresión del inicio de la Primera carta de Juan. Falsa modestia, exagerados respetos humanos, el temor a sobresalir o desentonar en el grupo donde estamos y otras muchas razones más le han quitado fuerza a nuestro testimonio o lo han diluido entre tantas alternativas propuestas por el mundo actual. Ojalá que, como Andrés, no nos quedemos quietos y cómodamente instalados en nuestra fe personal, sino que vayamos en busca de nuestros hermanos para anunciarles que “hemos encontrado a Cristo…”, y los llevemos a su presencia.
