Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 17 de enero de 2021

Encuentro, vocación, respuesta, seguimiento…, pudieran ser las ideas centrales de la Liturgia de la Palabra de hoy. Se comienza con el texto conocidísimo de la llamada de Samuel y se concluye con el relato sobre la vocación de los primeros discípulos de Jesús, tal como la describe el Evangelio de Juan; acontecimientos muy separados entre sí en el tiempo, pero que tienen un común denominador: la llamada divina y la respuesta humana. Dios, que siempre toma la iniciativa, invita, nunca impone, y la persona responde, desde la libertad y la generosidad, a esa llamada; ocurre entonces un cambio sustancial en la vida de quien ha dicho “sí” al Señor: sucedió con Samuel, Abrahán, Moisés, los profetas, la Virgen María y José, su esposo, Andrés, Pedro y el resto de los Apóstoles, también con Saulo de Tarso, porque la existencia de cualquier persona se transforma, cambia de orientación, parte de principios diferentes y se fundamenta en unos valores muy particulares cuando se encuentra o, mejor dicho, es “encontrada” por Él, y esto “se nota”, es perceptible inmediatamente para todos los que la rodean; en tiempos pasados se utilizaba un calificativo para referirse a alguien así, se decía que era un “hombre (o mujer) de Dios”.

No es que hoy en día haya menos “hombres y mujeres de Dios”, pero sí es evidente que se perciben menos, quizá porque hemos olvidado o relegado la dimensión testimonial de nuestra vida cristiana: los discípulos de Cristo tenemos como misión principal el ser testigos, con palabras y obras, de lo que “hemos oído y hemos visto con nuestros propios ojos” al encontrarnos con el Señor, según la expresión del inicio de la Primera carta de Juan. Falsa modestia, exagerados respetos humanos, el temor a sobresalir o desentonar en el grupo donde estamos y otras muchas razones más le han quitado fuerza a nuestro testimonio o lo han diluido entre tantas alternativas propuestas por el mundo actual. Ojalá que, como Andrés, no nos quedemos quietos y cómodamente instalados en nuestra fe personal, sino que vayamos en busca de nuestros hermanos para anunciarles que “hemos encontrado a Cristo…”, y los llevemos a su presencia.

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