Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 24 de enero de 2021

El pasado domingo las lecturas nos hablaban de la llamada de Dios e insinuaban el cambio que ésta implica siempre para quien responda afirmativamente a la invitación del Señor: para Samuel significó comenzar una larga trayectoria como guía del pueblo israelita en una época convulsa; los primeros discípulos de Jesús iniciaron el seguimiento de su Maestro que iría más allá, incluso, del período en que Él estuvo en este mundo, porque continuaría después de su muerte y resurrección.

En el día de hoy las lecturas quieren indicarnos con más claridad las consecuencias de la llamada: conversión y seguimiento. Escuchar la voz de Dios y responderle con un “sí” no concluye, sino que marca el comienzo de la vida del creyente, profeta o discípulo, y el primer paso es la conversión, es decir, el cambio hacia unos principios nuevos que sirvan de base para la vida, y una novedosa mentalidad y enfoque de las realidades de la existencia humana que, entonces, dan lugar a unas actitudes y modos de obrar que son fruto de esa transformación radical obrada por Dios en la persona. Pero la conversión no es algo que se efectúe con un toque de varita mágica ni se alcanza de una vez y para siempre, es un camino, un proceso, que abarca toda la vida del creyente: es la tan mencionada “conversión diaria”, solo posible cuando seguimos auténticamente al Señor. El evangelio de este domingo lo explicita muy bien cuando resalta, a propósito, el hecho de que los primeros discípulos “…inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron…”; mucho camino les faltaba todavía a estos seguidores de Jesús para ponerse a la altura de la llamada que Él les había hecho a ser  “pescadores de hombres”, por suerte, Dios tiene infinita paciencia con todos.

En el presente domingo oremos, además, por la unidad de todos los cristianos; lamentablemente, los que hemos sido llamados a predicar el Evangelio a toda criatura, siguiendo el mandato de nuestro Maestro, en la actualidad permanecemos divididos o, peor aún, en conflicto; pidamos al Espíritu Santo que nos vaya guiando por las sendas que nos llevarán a lograr la deseada unidad de todos los que seguimos al único Salvador y Señor, Jesucristo.

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