Jesús vino a este mundo para salvarnos del pecado y de la esclavitud que nos ligaba a éste; esa liberación la manifestó a través de su enseñanza, con la cual pretendía despertar la conciencia de la gente que lo seguía y escuchaba, también, por medio de los signos milagrosos, mostraba, en la práctica, que sus palabras no eran solo bonitas, sino reales. Entre esos signos que el Señor realizó tenían un lugar muy importante las curaciones porque expresaban el poder que Él poseía para vencer las fuerzas del mal, ya que, con frecuencia, las enfermedades, particularmente algunas de ellas, se asociaban a espíritus malignos que obraban en los enfermos.
La lepra, en la antigüedad, y hasta no hace mucho tiempo, era una de las enfermedades más terribles y temidas; en el pueblo de Israel se consideraba no solo como un padecimiento físico, sino un castigo divino por causa de los pecados de la persona, de manera que el padecerla implicaba quedar inmediatamente impuro (en relación a la pureza que se le pedía a los israelitas por ser el pueblo escogido por Dios), y, por tanto, excluido de la convivencia con el resto de la gente, incluyendo la propia familia. El libro de los Números y el Levítico, en el Antiguo Testamento, tratan con detalle este tema. A los efectos prácticos, el leproso era un muerto en vida, y su curación se consideraba como una especie de resurrección, porque quedar fuera de la convivencia con el pueblo israelita implicaba perder las bendiciones y promesas que Dios le había hecho a su pueblo elegido.
La curación del leproso que Marcos nos narra hoy tiene, por tanto, un profundo significado en el conjunto de este evangelio, máxime cuando se trata del único relato en la obra donde se cura a un enfermo de este tipo. Aquí Jesús muestra el poder que tiene, ante la fe de aquel hombre, para vencer el mal, perdonar el pecado y restituir a la vida a quienes como él parecen condenados sin remedio; nos recuerda lo que el propio Señor afirmó en otra ocasión: “Yo he venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido…” Un rasgo importante de este relato reside también en el cambio de la situación de aquel que antes fue leproso y ahora queda limpio: de excluido y rechazado se convierte en pregonero incansable de la misericordia de Dios, manifestada en Jesucristo; me viene a la mente la exclamación jubilosa del salmo 107: ¡Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!
¿Cuántas veces damos testimonio de la misericordia que Cristo ha tenido con nosotros? ¿Con qué frecuencia recordamos agradecerle por todo el bien que nos ha hecho? Somos, por el bautismo, testigos de la Buena noticia de la salvación que Dios ha obrado, en primer lugar, en nuestra propia persona.
