Mensaje de Monseñor Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de Pinar del Río. Domingo 28 de febrero de 2021. II de Cuaresma

Queridos hijos e hijas, soy Mons. Juan de Dios Hernández Ruíz, Obispo de esta diócesis de Pinar del Río, que incluye la provincia de Pinar del Río y parte de Artemisa. Soy pastor de todos.

Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a reflexionar en este segundo domingo de Cuaresma a través del pasaje de la transfiguración de Jesús en el Monte Tabor. Lleva consigo a tres de sus discípulos más allegados: Pedro, Santiago y Juan, y ante ellos, la escenografía se transforma: Las vestiduras de Jesús se tornan de un blanco purísimo y a su lado aparecen dos de los más grandes hombres del Antiguo Testamento, de la Historia de Israel: Moisés y Elías.

El ambiente es tan agradable que Pedro propone instalarse allí. ¡Cuántas veces nosotros nos sentimos tan a gusto en un lugar que repetimos la expresión de San Pedro: “Hagamos tres chozas”! Porque el confort que nos ofrecen determinadas situaciones nos tientan a no salir de ese estado. Imagínense cómo es experimentar la presencia de Dios. No hay comparación, es algo superior a cualquier otra compañía.

Jesús necesitaba esta experiencia para reafirmar sus opciones y para recibir fortaleza, a la luz de la esperanza.

Los discípulos también la necesitaban para que no desfallecieran en la fe en los momentos de prueba.

El Tabor queda ahí como iluminando el Calvario y como un anticipo de la Pascua.

Y en medio de todo, la voz del Padre: “¡Este es mi hijo amado, escúchenlo!”. Es el sello que necesitaba la revelación de la que eran testigos. Una vez más el Padre habla del amor privilegiado del Hijo, como había ocurrido en el Jordán. El Padre se dirige a Jesús, pero también a los apóstoles. Es mi Hijo, aunque lo ven como un hombre cualquiera. Es mi Hijo aunque lo ven sufrir. Es mi Hijo aunque lo vean derrotado y muerto. Pero no morirá, porque es mi Hijo.

También nosotros necesitamos experiencias como la del Tabor, para acumular luces y consuelos que necesitaremos en momentos de prueba o de pasión. Valora y agradece las experiencias luminosas, aunque sean pequeñas. Lo nuestro siempre es pequeño, pero Dios está ahí, en la palabra, en el ejemplo, en la oración, en la Eucaristía, en el dolor, en el hermano, en tantas milagrosas providencias.

Jesucristo, nuevo Abraham, nuevo Adán, hombre nuevo. Todas las promesas y bendiciones de Dios nos vienen ya por Jesucristo y en Jesucristo. Un derroche de bendiciones y gracias por Jesucristo.

Nosotros nos hemos comprometido a seguir sus pasos, especialmente en este tiempo cuaresmal. Estuvimos con él en el desierto de la vida, hoy subimos con él al monte de la luz. Y lo seguiremos adondequiera que vaya, pues, ¿a dónde iremos, si no?

Que la Virgen María nos acompañe en este camino de conversión.

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