Mensaje de Monseñor Juan Gabriel Díaz Ruiz, Obispo de Ciego de Ávila. Domingo 28 de febrero de 2021. II de Cuaresma

Dentro del grupo de los Apóstoles, comúnmente mencionado en los evangelios como “los Doce”, Pedro, Santiago y Juan tenían una especial cercanía con Jesús; el propio Señor los escogió para que fueran testigos de algunos momentos importantes de su ministerio público, como, por ejemplo, la curación de la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga. El episodio que nos relata hoy el evangelio de Marcos, la Transfiguración del Señor, tiene, precisamente, como únicos testigos a los tres discípulos mencionados, y está lleno de imágenes, indicadoras del sentido de este pasaje: montaña alta y apartada, vestidos resplandecientes, nube que los cubre con su sombra, las figuras de Moisés —a quien Dios entregó las tablas de la Ley, fundamento de la vida de fe de los israelitas—, y de Elías —el gran profeta que, según la tradición, aparecería cuando llegase el tiempo del cumplimiento definitivo de las promesas de Dios—, la voz desde la nube —que nos remite al bautismo en el Jordán y a la voz divina que habla a Moisés y al pueblo durante el camino hacia la Tierra prometida—; todo el conjunto tiene, por consiguiente, un profundo significado de fe y revelación de la identidad de Jesús, además de esclarecer la vocación de los discípulos.

Nos vienen a la mente los acontecimientos del Éxodo, en el Antiguo Testamento, donde el pueblo de Israel comenzó a ser “Pueblo de Dios” por medio de la Alianza que Él le concedería en la montaña del Sinaí; los detalles con los cuales se narran estos momentos fundantes para los israelitas se asemejan a los utilizados en la transfiguración de Jesús: expresan la importancia y solemnidad del momento y, sobre todo, la presencia de Dios, que toma la iniciativa y lleva adelante su voluntad soberana. Por otra parte, sabemos que las promesas de salvación que Él hizo a Israel constituían el apoyo esencial de la esperanza de ese pueblo en medio de las vicisitudes de su agitada historia, promesas que estaban anunciadas y confirmadas a través de las Sagradas Escrituras, que contenían, sobre todo, la Ley, recibida por Moisés, y las enseñanzas de los profetas. En Jesucristo esas promesas tendrán su cumplimiento definitivo, por ello en nuestro evangelio de hoy aparecen las figuras emblemáticas de Moisés y Elías para confirmarlo; no por casualidad, en el relato de la aparición de Cristo Resucitado a los discípulos de Emaús, Evangelio de Lucas, capítulo 24, versículos del 25 al 27, el Señor repasa todo lo referente a Él, “comenzando por Moisés y por todos los profetas…”

La Transfiguración, en resumen, manifiesta a estos tres discípulos la gloria de Jesús, como corresponde a su condición de Hijo de Dios, y les reafirma que Él ha venido a este mundo para llevar a término la obra salvadora de Dios, anunciada desde muchos siglos antes. Es también una manera de fortalecer la fe de esos discípulos que, tampoco por casualidad, serán los más cercanos a su Maestro en el momento tremendo del Huerto de los Olivos y testigos, por tanto, del sufrimiento terrible de Jesús por todo lo que se le avecinaba: traición, humillaciones, desprecio, injusticia y muerte en la cruz. Ése a quien contemplaron glorioso y transfigurado en la montaña es el mismo que verán morir en la cruz; la primera experiencia los ayudará a comprender que todo no terminará con la muerte y sepultura, sino que la Resurrección será el triunfo de Jesucristo, la muestra de que Él es, en verdad, el único a quien se puede llamar “el Señor”. Este evangelio, además, nos recuerda que el camino que culmina en la Resurrección pasa siempre por la Cruz, no hay vías alternativas; de modo que el discípulo de Jesús, si quiere serlo en verdad, tendrá que seguir fielmente sus pasos hasta el final.

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